Sociedade

La otredad femenina ¿anonimato en la historia?

Durante toda mi vida he sentido que todo lo que nos han enseñado, todo lo que ha sido establecido como “verdad absoluta”, no era suficiente. “Espera, ¿me estás diciendo que todo esto lo inventaron los europeos?”, “¿y qué contribuciones hicieron el resto de los sitios?” “¿y por qué tengo que aprender matemáticas? ¿por qué tengo que aprender inglés? ¿por qué sólo hablamos de Aristóteles, Platón y Descartes?”.

Tampoco entendía las distinciones entre las personas, no entendía lo que era el racismo, “tener miedo de alguien por su color de piel, o su cultura, o su lengua”. ¿Miedo? ¿Por qué iba a darme miedo un color de piel, una lengua, o una cultura? ¿Por qué decían cosas tan negativas de todo aquel que no fuera blanco? ¿Cómo iban a explicarle eso a una niña pequeña que sólo trataba de buscarle un poco de sentido a lo que le estaban enseñando? ¿Por qué sólo se señalaba con el dedo al niño negro/gitano/asiático en el patio del colegio?

¿Por qué en las noticias sólo se hablaba de la procedencia del acusado cuando no pertenecía a Europa? No recuerdo jamás haber escuchado en las noticias “un/a joven de procedencia española” ni nada por el estilo. ¿No sería más coherente que sean ellos, todo aquel que no sea blanco ni europeo, los que tengan miedo de nosotros después de haber cometido semejantes genocidios y epistemicidios que han acabado con formas culturales, formas lingüísticas y formas de vida consideradas primitivas desde nuestra comodidad europea?

Nunca he entendido por qué, pero desde pequeña he aprendido a vivir con miedo en el cuerpo, “ten cuidado con los chicos”, “no vayas sola por la calle de noche”, “¿no crees que deberías ponerte algo más?”, “eres demasiado antipática”, “eres una histérica”, “una mujer no puede trabajar ahí”, “¿eres una mujer que juega al fútbol? ¡Qué poco femenina!”. No, no debo tener cuidado con los chicos; no tengo que ponerme algo más para salir a pasear. Sí puedo trabajar ahí; sí, juego al fútbol y no por ello soy menos femenina. Y al menos yo, por mi condición de blanca y europea, no he tenido que sufrir ese racismo misógino ni esa exotización de la que muchas veces se hace uso para tratar de estrechar vínculos. ¿Dónde están las mujeres en la historia? ¿Dónde se encuentran esas escritoras, artistas, médicas, policías, profesoras, enfermeras, hosteleras, lo que sea que el patriarcado nos señala como poco femenino o como “esto es sólo trabajo para hombres”? ¿Dónde están las mujeres indígenas que fueron colonizadas y olvidadas, a las que obligaron a dejar atrás sus raíces y de las que arrebataron todo tipo de epistemologías y saberes para tacharlos de primitivos, falsos e inútiles? Había tantas y tantas formas de conocimiento diferentes que podríamos haber aprendido y, sin embargo, se nos pusieron tantas barreras que nuestro conocimiento siempre ha girado y siempre girará en una peonza “europea occidental”.

Con este artículo lo que pretendo es buscar la relación entre el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado para demostrar que el mundo se ha creado exclusivamente para hombres blancos cisheteros, en el que no hay espacio para ninguna otra persona que no se corresponda a su color de piel, a su orientación sexual o a su identidad de género.

1. CAPITALISMO, COLONIALISMO Y PATRIARCADO

Desde el momento en el que Europa consolidó su dominio sobre el “Nuevo Mundo”, estableciéndose como potencia dominante a nivel mundial, hemos podido distinguir tres tipos de poder social (capitalismo, patriarcado y colonialismo) que se apoderan de cada esquina del globo. Las minorías han estado presionadas y oprimidas por estas tres palabras. Pero ¿cuál es la conexión? ¿Dónde está el motivo de tal ejercicio de opresión que ha silenciado tantas voces y ha permitido la marginalización de tantos saberes e individuos? ¿Quiénes son las principales víctimas de este despotismo que barrió sin reparo hasta el último rincón del mundo? Y, ¿cuál fue la principal fuente de poder que ejerció su poder de censura?

Todo se remonta a 1492 (1994), cuando Cristóbal Colón comenzó con la colonización de América; algunos lo calificaron de un descubrimiento, el “descubrir América”, como si fuera un continente que acabase de surgir de la nada. A raíz de ese genocidio en masa de nativos fue cuando la modernidad y el capitalismo comenzaron a dar sus primeros pasos en el mundo, acompañados también del racismo que siempre estuvo presente. Autoras como Manuela Boatcă consideran que la modernidad ha tenido dos nacimientos, el primero en el siglo XV con la colonización de América (Boatcă, 2010); en ese momento la Europa periférica y secundaria estaba empezando a conquistar el Atlántico, siendo el centro del primer sistema-mundo capitalista y expandiéndose por todos los rincones posibles como bien nos sugería Wallerstein diciéndonos “una vez que el capitalismo se consolidó en este sistema histórico, una vez que este sistema se rigió por la prioridad de la incesante acumulación de capital, adquirió tal fuerza contra otros sistemas históricos, que ello le permitió expandirse geográficamente hasta absorber físicamente todo el globo” (Wallerstein, 2000: 111). El segundo nacimiento de la modernidad la coloca con la llegada de la Ilustración en el siglo XVIII, donde comenzarían a estructurarse las jerarquías en Europa con los mismos principios que fueron aplicados en la época colonial (Boatcă, 2010).

Los trabajos que se realizaban eran divididos en función de la raza de cada individuo (aunque Quijano (2000) afirmaba que a pesar de estar unidos y reforzarse mutuamente no eran dependientes) la cual fue una categoría diferenciadora además de jerarquizadora, ya que en función de la etnia de cada individuo tenían una posición u otra. De hecho, “la raza se convirtió en el primer criterio fundamental para la distribución de la población mundial en los rangos” (Quijano, 2000: 203), además de haber sido el instrumento más eficaz a cuanto dominación social universal se refiere. El asignar trabajos en función de la raza de cada individuo no sólo trataba de controlar las formas específicas del trabajo, sino que también podía ser utilizada como forma de dominación sobre grupos minoritarios específicos, creando de esta manera una naturalización de los conceptos raza/trabajo que eran derivados de la noción dominación/explotación (Quijano, 2000). Otros autores, como Grosfoguel, también hacen hincapié en la división del trabajo debido a la etnia utilizando discursos racistas culturales que tratan de encubrir el discurso racista biológico. Por más que se trate de esconder el racismo biológico es imposible separarlo del racismo cultural, ya que ambos están íntimamente ligados (Grosfoguel, 2007: 11). En esa jerarquía racial lablanquitud estaba en la cúspide de la pirámide, siendo ellos los humanos y asalariados, mientras que el resto (negros, asiáticos, indios, etc.) se encontraban en una categoría descalificadora catalogada como el lugar de lo “no-humano” o lo subhumano, los no asalariados (Quijano, 2000).

El nacimiento de la división mediante la raza pasó a crear categorías universales jerarquizantes que, aunque eran más antiguas, resurgieron de nuevo; estas son las divisiones respecto al género (Quijano, 2000). El género siempre estuvo presente en la historia como concepto diferenciador, en el cual los hombres estaban asociados a la parte racional, y por lo tanto a lo económico, mientras que las mujeres estaban situadas en la posición de lo natural, y, por lo tanto, lo inferior (Federici, 2010). Si tenemos en cuenta que formar parte de una minoría ya es condición suficiente para sufrir una dominación por parte de un grupo que se considera superior al resto, el hecho de ser parte de una minoría racial y ser una mujer es una condición doble que, por desgracia, sufren muchas hoy en día. Además, la fuerza que ha ejercido y ejerce el patriarcado ha sido y es visible hoy en día; uno de los ejemplos más claros y visibles de los que disponemos es la caza de brujas en Europa, donde miles de mujeres fueron asesinadas acusadas de brujería, ocultando el verdadero objetivo: eliminar aquellas formas de conocimiento opuestas a las nuevas estructuras de poder que establecía el Estado (Federici, 2010: 221). No sólo eso, sino que las propias mujeres que ocupaban puestos de trabajo como comadronas a finales del siglo XVI fueron acusadas de brujería y quemadas en la hoguera, para que así quedaran vacantes libres que, a principios del XVII, serían ocupadas por hombres que ejercerían la labor de obstetricia para así poder controlar el cuerpo de las mujeres y no permitir abortos clandestinos (Federici, 2010).

La creación de las teorías y la división raciales fueron factores clave para dividir la población en dos grandes grupos: los europeos y los no-europeos; los factores principales que actuaban en esta separación eran los factores biológicos en primera instancia, seguidos de los culturales. Europa fue creciendo una vez que la colonización de América se efectuó, provocando un gran genocidio que acabó con diferentes saberes y formas de conocimiento consideradas “no-científicas”; al igual que Meneses, yo también me pregunto, “¿qué llevo a los europeos a desarrollar un sentido de superioridad sobre los otros?” (Meneses, 2012: 38).

Hoy en día nuestra capacidad de conocimiento se basa, sobre todo, en saberes científicos occidentales que las instituciones nos brindan. De alguna manera se instaura el mito científico, otorgándole una legitimidad absoluta en los modos de crear sentido. Ese mito se implanta a través del cientificismo como única forma válida de explicar y conocer el mundo, a la cual se le conoce como las “epistemologías del norte”. Como diría el sociólogo Boaventura de Sousa Santos, nos encontramos en lo que él denomina un “pensamiento abismal”, que ignora cualquier tipo de epistemologías de rigor no-científico y que está basado en el pensamiento occidental moderno (Santos, 2010). El pensamiento abismal se divide en dos tipos de línea, por un lado, la línea visible en la que nos encontramos con los principios y derechos humanos que se aplican a los europeos y occidentales, mientras que al otro lado de la línea, en la línea invisible, encontramos una distinción de sociedades metropolitanas y territorios coloniales, donde la dicotomía de la que se dispone es la de violencia y apropiación y en la que se encuentran los conocimientos no-científicos y todo aquel que no esté relacionado con la modernidad occidental, a los que se les conoce como “subhumanos” y, por lo tanto, de inferiores (Santos, 2010). Mediante esas dos líneas el pensamiento abismal avanza estructurando las relaciones políticas y culturales basadas en occidente y de las interacciones que se hacen en el sistema mundo moderno (Santos, 2010: 19). Su propuesta nace a través de las “epistemologías del sur”, en la cual nos propone salirnos de este entendimiento haciendo uso de una ecología de saberes, que se trata de la pluralidad de conocimientos heterogéneos para llegar a lo que él denomina el “pensamiento posabismal”, el cual trata de confrontar la monocultura de la ciencia moderna con la ecología de saberes. A diferencia del conocimiento que nos brindan las “epistemologías del norte”, todo aquel conocimiento que no sea considerado occidental (y, por lo tanto, que forme parte de las “epistemologías del sur”) será cuestionado y tachado como “primitivo”, por lo que Boaventura usa la ecología de saberes para dejar atrás esa creencia y fundamentarse “en la idea de que el conocimiento es interconocimiento” (Santos, 2010: 32).

2. LA OTREDAD:

Para comprender los siguientes puntos a los que se hará mención primero tenemos que hablar sobre la otredad y lo que supone formar parte de ella. Llamamos “otredad” a todo aquel que es nombrado y definido en categorías que muestran sus cualidades con una inferioridad a comparación de las establecidas y normativas; algunos ejemplos serían los siguientes, “a-normal, a-dolescente, anti-social, in-válido, dis-capacitado, sub-alterno, sub-versivo, sub-desarrollado” etc. (Fandiño, 2014: 50). Según Quijano, la identidad europea tal y como la conocemos se constituye a raíz de la otredad, en este caso los pueblos conquistados, de manera que una no puede entenderse sin la otra (Quijano, 2000). La primera identidad geocultural moderna y mundial que conocemos fue la de América, que se constituye dentro del sistema-mundo (Quijano, 2000). Sin la conquista de América, Europa no habría podido crear el imaginario de su identidad europea (Dussel, 1994), de manera que, al igual que nos planteaba Manuela Boatcă, podríamos situar el nacimiento de la modernidad en 1492 y no en el siglo XVIII con la Ilustración como otros autores nos han podido señalar. La llegada del capitalismo impulsó la creación del imaginario del “otro” como mano de obra barata, en la que los puestos eran ocupados por los colonizados, integrantes de “la otredad”. Pero, no podemos englobar una identidad a un único concepto, ya que eso es ignorar y descalificar el resto de las identidades diversas que existan (Meneses, 2012: 47). Por lo que la cuestión es, ¿podríamos decir que existe una identidad europea, o, más bien, un “pueblo europeo”? (Balibar, 2003).

No sólo en América, sino en África también, conocido como el continente sin historia (Kandâwire, 1985), la otredad estaba fuertemente presente, esclavizando a los africanos para cumplir los deberes que los colonizadores blancos les imponían a través de la violencia y destrucción de sus valores, conocimientos y formas de vida; ciertos teóricos decoloniales plantean la jerarquía epistémica que se estableció una vez instaurada la modernidad. En dicha escala los conocimientos occidentales se posicionaron por encima del resto de conocimientos existentes a través de un racismo epistemológico. Destruir, silenciar o invisibilizar el resto de saberes y conocimientos en las diferentes epistemologías eran algunas de las formas de cometer tal epistemicidio masivo. Esta destrucción de conocimiento fue uno de los pilares de lo que se conoce hoy como eurocentrismo, el cual sitúa a Europa por encima del resto de continentes. El territorio africano fue un lienzo en blanco para los europeos que usaron para crear historias sobre la barbarie y la pobreza que azotaba al continente (Meneses, 2012). Es importante que reflexionemos sobre los prejuicios y estereotipos que se cuentan acerca de países que no conforman Europa y que no entran dentro del imaginario que éste plantea sobre la población; las historias tienen poder, y el hecho de contar una única versión provoca que caigamos en mitos, prejuicios y estereotipos (Meneses, 2012: 48).

No sólo la otredad marcaba una diferencia racial, también marcaba una diferencia de género. Las mujeres estaban consideradas también parte de la otredad, consideradas inferiores a los hombres y, por lo tanto, el “yo incompleto” de la humanidad. La situación de las mujeres era/es, desde mi punto de vista, similar a la situación de los Balcanes respecto a Europa. Los Balcanes son vistos como el repositorio de características negativas, y a partir de ellas se crea una imagen de una Europa positiva (Boatcă, 2010: 200); “los Balcanes, por un lado, constituyen parte de Europa y, por otro, no” (Balibar, 2003: 23), algo similar pasaba/pasa con las mujeres, por un lado, constituyen parte de la humanidad y, por otro no. Son vistas como una versión que necesita mejorar del ser humano y cuyas cualidades debe mejorar para poder situarse a la altura de los hombres.

Otros ejemplos recaen perfectamente en la antropología como disciplina. Durante la década de los 60 la antropología dirigió su foco central a los que denominaron como “los mediterráneos”, porque vieron que la forma cultural era muy diferente respecto al resto de Europa, ya que se basaba, sobre todo, en el honor y la vergüenza como valores del sistema social (Goddard, Llobera & Cris, 1996). En ese momento el Mediterráneo pasó a ser parte de “la otredad”, para que en los 70 se comenzaran con estudios antropológicos cuyo interés se focalizaba en Europa y en las villas consideradas tradicionales, aunque durante la década de los 80, con la “re-emergencia de Europa” (Goddard, Llobera & Cris, 1996: 19), el “área cultural mediterránea” volvió a ser objeto de estudio en la disciplina (Goddard, Llobera & Cris, 1996: 19-23). Viendo que la otredad emerge cuando hay unos intereses de distinta índole detrás me hace pensar, ¿podemos cambiar la identidad del otro cuando nos plazca? Los mediterráneos fueron, en primer lugar, identificados como “el otro” por su sistema de valores sociales, diez años después les quitaron importancia para que una década después volvieran a aparecer como zona distintiva del resto de Europa. ¿En qué punto nos encontramos ahora? ¿Existe el área cultural mediterránea como diferenciación de Europa, o es que es ahora cuando la hemos añadido a nuestro imaginario de identidad europea?

Nos encontramos de nuevo con la ausencia femenina en la disciplina; las antropólogas en las ciencias sociales siempre han sido apartadas de la enseñanza, las grandes ausentes, e incluso hoy en día sólo conocemos unas pocas que a escala internacional hayan conseguido tanto renombre como los antropólogos varones. Ruth Benedict y Margaret Mead son dos de las antropólogas más importantes, pero sus nombres empezaron a resonar durante la década de los 50-60 gracias a que se rescataron antiguos trabajos que realizaron junto a Franz Boas. Se trataban de dos antropólogas norteamericanas blancas que, dados los años en los que se situaban debían hacerse hueco entre los hombres que peleaban dentro de la disciplina. A pesar de eso, estas dos mujeres formaron parte de la blanquitud y la “otredad” femenina, pero siguieron siendo parte de la identidad occidental; entonces, ¿qué hubiera pasado si en lugar de ser mujeres norteamericanas y blancas, hubieran sido mujeres negras africanas? Dada la época en la que nacieron y se criaron tanto Ruth Benedict como Margaret Mead, ni siquiera habrían tenido la oportunidad para poder decidir el rumbo que hubieran querido tomar en su vida.

  • Genocidio femenino, la caza de brujas

Estoy segura de que gran parte de la humanidad conoce lo que fue la caza de brujas, pero también estoy convencida de que jamás se han replanteado el nivel de estragos que causó y la cantidad de vidas que se cobraron en las hogueras creadas para quemar a estas mujeres. A pesar de ser un hecho histórico tan conocido es uno de los fenómenos menos estudiados en la historia mundial (Federici, 2010), al parecer las mujeres han importado e importan tan poco que nunca nadie se ha tomado la molestia de investigar y saber el porqué de tal atroz cometido, excepto las feministas. Cánticos como “somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar” retumban en las marchas feministas cada 8 de marzo a forma de reivindicación por nuestras antepasadas que sufrieron torturas, violaciones y asesinatos por parte del patriarcado, el colonialismo y el capitalismo. Puede parecer que las condiciones de vida de las mujeres desde el siglo XVI hasta ahora hayan cambiado, pero no es para nada así. La única diferencia que hay es que a las mujeres de ahora no las queman en la hoguera por brujas, pero queman sus propios derechos a base de salarios bajos, acoso callejero, feminicidios, invisibilización en las instituciones, en las disciplinas de las ciencias sociales (y ya ni hablar de las ciencias de la salud), en los deportes, les obligan a mantener estándares de belleza casi inalcanzables, denominaciones como “feminazi”, “femiloca”, matrimonio infantil, mutilación genital femenina y muchas cosas más. Puede que quizá sí que sean las nietas de las brujas que no pudieron quemar, pero a sus bisabuelas, abuelas, madres, y a ellas mismas, el patriarcado sigue quemándoles día tras día con su clara misoginia, con su indudable desigualdad de género y con sus mensajes publicitarios en el que muchas veces el cuerpo de la mujer no es más que un mero objeto de atracción para el público masculino.

¿Dónde han quedado todas esas voces silenciadas que pedían igualdad? ¿Dónde están todos esos saberes tradicionales que la hoguera quemó junto a sus cuerpos? ¿Qué hubiera pasado si todas esas mujeres que fueron asesinadas hubieran seguido con vida? ¿Qué imagen era la que se daba sobre ellas en la prensa local de cada territorio de Europa que no tuvo reparo alguno en acabar con la vida de estas personas? ¿Cuál es el motivo de que se haya investigado tan poco? Son tantas las preguntas que me hago y tan pocas las respuestas que obtengo que me hace replantearme hasta qué punto han sido y son importantes para la sociedad.

El número de mujeres quemadas durante la caza equivale a la cantidad de judíos asesinados durante el holocausto nazi, sólo que se han ignorado los números de los homicidios por parte del patriarcado hacia las féminas durante los siglos XVI y XVII (Federici, 2010). Es curioso que países como Alemania, Francia, Reino Unido, Suiza e Italia fueran de los lugares con una cantidad mayor de juicios contra brujas, ya que hoy en día estas naciones son asumidas como parte de la “Europa heroica” de la que Boatcă nos hace mención (Boatcă, 2010), mientras que Portugal o España, miembros de la “Europa decadente” no tuvieron ni por asomo la misma cantidad de juicios por brujería como en el sudeste de Alemania, que sólo allí 3200 mujeres fueon quemadas entre 1560 y 1670, o como en Escocia, que entre 1590 y 1650 se estima que fueron unas 4500 víctimas las asesinadas (Federici, 2010: 222). Un acontecimiento único ocurrió entre los pescadores vasco franceses de San Juan de Luz en 1609; los pescadores escucharon que sus mujeres, madres e hijas estaban siendo torturadas y asesinadas por parte del inquisidor francés Pierre Lancre, por lo que acabaron la campaña del bacalao dos meses antes de lo habitual para dirigirse de nuevo a sus hogares a salvar a sus familiares de la opresión patriarcal (Federici, 2010: 260).

El hecho de ver que algunas de las potencias europeas más poderosas de hoy en día cometieran actos tan degradables y que no asuman su papel en él lavando su imagen pública, económica y política como “salvadores” del resto de países europeos e incluso del mundo me hace estar cada vez más de acuerdo con WuMing2 cuando decía “Europa es un mito, una idea” (WuMing2, 2003.: 10). A pesar de que cueste ver la cercanía o el poder que ejerció el capitalismo en la quema de brujas sólo nos hace falta acercar un poco más la mirada para ver en qué metió mano para poder realizar el genocidio. Federici nos lo plantea de la siguiente manera, “detrás de la caza de brujas estuvo la expansión del capitalismo rural, lo que supuso la abolición de derechos consuetudinarios y la primera ola de inflación en la Europa moderna” (Federici, 2010: 234). Muchas de las mujeres acusadas por brujería eran dueñas de tierras que, una vez pasarían a manos del Estado una vez ejecutadas. En regiones de las Islas Británicas, donde la tierra jamás se llegó a privatizar, las mujeres se mantuvieron a salvo durante el siglo XVI, a diferencia de Essex, en Inglaterra, donde la mayor parte de la tierra estaba cercada (Federici, 2010: 234). Casualmente en la época en la que comenzó a privatizarse la tierra y que se dio una subida de precios fue cuando las persecuciones y acusaciones empezaron a tener más fuerza (Federici, 2010, citado en Kamen, 1972: 249).

Con la caza de brujas también se abrió paso a una forma de control reproductora de la mujer a manos del patriarcado; sus recursos, sus cuerpos, su trabajo y sus poderes sexuales y reproductivos estaban bajo el control del Estado de forma que los transformaron en recursos económicos (Federici, 2010: 233). Michel Foucault denomina a estas formas de control del cuerpo femenino “bio-poder”, definiéndolo de la siguiente manera, “el establecimiento, durante la edad clásica, de esa gran tecnología de doble faz – anatómica y biológica, individualizante y especificante, vuelta hacia las relaciones del cuerpo y atenta a los procesos de la vida – caracteriza un poder cuya más alta función no es ya matar sino invadir la vida enteramente” (Foucault, 1986: 169). Es decir, el abuso de poder que se ejercen a través del bio-poder se orienta hacia cuatro ejes: “el dispositivo de las disciplinas, el de la sexualidad, el de la seguridad y el de la gubernamentalidad” (Toscano, 2008: 42).Las matronas de la época, que hacían uso de medicinas tradicionales y eran expertas en obstetricia fueron acusadas de brujería a causa del uso que hacían de sus productos, por lo que, a finales del siglo XVI, como se comentó anteriormente, muchas fueron apartadas de la medicina y a principios del XVII la mayoría de parteros eran hombres, lo que supuso un control en el embarazo de las mujeres para evitar abortos y así poder conseguir más mano de obra (Federici, 2010: 252). Si las parteras estuvieron perseguidas por el Estado y por la población en general, fue a causa de sus prácticas femeninas (como hechiceras, encantadoras, curanderas, etc.) que se veían como una amenaza, ya que sus conocimientos (como el uso de anticonceptivos) o sus prácticas (como el aborto) entraban en conflicto con las lógicas patriarcales y capitalistas de la época (Federici, 2010). A raíz de sus prácticas femeninas curtidas en hechicería, curas naturales, etc. fueron cada vez más definidas como parte del estado de naturaleza, demostrando su inferioridad, además de ser llamadas “bárbaras”, ya que la definición del término “bárbaro” trataba sobre aquellos que no respetan el orden social y que, por lo tanto, no estaban dispuestos a respetarlo (Fontana, 2013). Las historias contadas acerca de ellas eran tantas que para poder relacionarlas aún más con la naturaleza se les asoció con los animales, haciendo referencia a que podían convertirse o que estaban rodeadas de ellos, sobre todo el sapo, que era visto como el símbolo de la vagina, la sexualidad, la bestialidad y el mal (Federici, 2010: 267). El hecho de estar relacionadas con los animales las situaba en un medio camino entre el hombre y los animales, la naturaleza, asociando la sexualidad de las mujeres con la de los animales.

Entre 1550 y 1650 fue el gran auge de los juicios por brujería, llegando en algunas zonas de Europa a acabar con el 1% de la población femenina a causa de las acusaciones y vejaciones de la población, la cual estaba influenciada por el miedo que la propaganda de la Iglesia hacía respecto a las brujas; esto provocó una gran división entre las mujeres y los hombres en las distintas sociedades europeas. Personajes célebres como Thomas Hobbes no consideraba que la existencia de las brujas fuera real, pero era partidario de realizar las persecuciones para así poder mantener un orden social, y lugares como Inglaterra llegaron a aprobar unas tres actas a favor de la legalización de las persecuciones (Federici, 2010). Otro de los ejemplos sobre la actuación del patriarcado respecto a la caza de brujas fue que la mayoría de los que se hacían llamar “cazadores de brujas” eran, en su gran mayoría, hombres. Muchos de éstos acusaban a sus propias mujeres cuando no querían seguir la relación, o a aquellas de las que podían haber llegado a abusar para evitar las represalias (Federici, 2010: 260). 

El colonialismo fue otro de los pilares del genocidio femenino, ya que en la propaganda para provocar miedo entre la población se hablaba de las fiestas de las brujas, los famosos “aquelarres[1]”, en el cual las brujas se reunían para realizar orgías sexuales y cánticos, además de para crear pociones mágicas. En los aquelarres se le hacía culto al Diablo que “era al mismo tiempo su dueño y amo, proxeneta y marido” (Federici, 2010: 257); al Diablo se le retrataba como a un hombre negro, motivo por el que a los esclavos negros comenzaron a tratarlos como tal, como salvajes, primitivos y personas sin alma (Federici, 2010). No solo las personas negras sufrieron la discriminación racial a causa de ser equiparados al Diablo, toda la población indígena como tal fue vista como parte de la brujería ya que eran los homólogos de las brujas, y no los magos del Renacimiento; tanto la población indígena como los que formaban parte de la esclavitud africana sufrieron el mismo destino que las mujeres, proveer al estado de capital para el suministro de trabajo necesario para la acumulación (Federici, 2010: 272). En esta conexión entre los colonizados y las brujas europeas podemos encontrar una especie de fascismo social calificado como fascismo contractual, basado “en las situaciones en las que las desigualdades de poder entre las partes en el contrato de derecho civil […] son tales que la parte débil, se rinde vulnerable por no tener alternativa, acepta las condiciones impuestas por la parte más fuerte, pese a que puedan ser costosas y despóticas” (Santos, 2010: 25).

Por lo que podemos concluir diciendo que el genocidio femenino que ocurrió entre el siglo XVI y XVII ha sido completamente borrado de nuestra memoria y ha sido visto como simplemente un cuento, una historia de la que se han sacado estereotipos sobre las brujas representándolas como seres malignos, feas, viejas y con intenciones horribles. La opresión que el patriarcado, el capitalismo y el colonialismo ejerció/ejerce ha sido notable, como hemos podido ver; formas de control de sus cuerpos para evitar los abortos, torturadas y violadas antes de ser quemadas para demostrar que ellos, los “cazadores de brujas” eran los que tenían el poder, y que las mujeres, al tratarse de seres inferiores, debían obedecer y respetar lo que el patriarcado decía, ya que las consecuencias serían terribles. Las mujeres, siempre vistas como seres inferiores en todos los ámbitos y dominadas por el poder masculino, decidieron salir de ese estado de sometimiento reivindicando sus capacidades y yendo en contra de lo socialmente establecido como natural, pero el resultado final fue un trágico y horrible genocidio masivo que acabó con la vida de miles de mujeres, acusadas por utilizar un tipo diferente de saberes y conocimientos que eran rechazados, y con un borrón en la historia que las tachó y siempre las tachará de seres diabólicos, que sólo buscaban la ruina de los hombres y hacer el mal.

3. CONCLUSIONES

Después de haber revisado todas las cuestiones abordadas en este informe podríamos concluir diciendo que, a pesar de que Europa se considere el primer civilizado y que considere como válido sólo los conocimientos científicos es ignorar la diversidad epistémica y cultural que hay. Deberíamos tener en cuenta “que ningún tipo de conocimiento puede dar explicación a todas las intervenciones posibles en el mundo, todos ellos son incompletos en diferentes modos” (Santos, 2010: 37). Al igual que Boaventura de Sousa Santos considero que sería necesario repensar acerca de nuestro pensamiento europeo moderno occidental, haciendo uso de la ecología de saberes (Santos, 2010). Desaprender lo aprendido para aprender todo aquello que no nos dejaron aprender.

Respecto a las mujeres en la historia, he podido comprobar a través de este trabajo lo indiferentes que han sido siempre para la historia; y podríamos decir que, hoy en día, sigue siendo así. El mundo está creado por y para hombres, nunca ha habido cabida para “los otros”. La identidad europea, establecida a partir del sometimiento de los pueblos conquistados, ocultó bajo el manto del colonialismo y el patriarcado a las mujeres. La dominación y los privilegios asociados a la blanquitud (y por lo tanto, a los conquistadores) se vuelven imperceptibles cuando prestamos atención al papel de las mujeres en la historia.  Además, al igual que María Paula G. Meneses comentaba, no creo que el crear una única identidad sea adecuado para identificar a tanta gente diferente, con tantos pensamientos diferentes y de zonas tan diferentes (Meneses, 2012). Aún hoy en día, a pesar de que se hable de que nos encontramos en la época de la postcolonialidad considero que no deberíamos confiarnos y pensar en que el colonialismo ha acabado, porque no ha sido así (Meneses, 2012). Se sigue haciendo uso del colonialismo, para crear contratos precarios a empleados no-europeos, para tachar de ladrones, atrasados o salvajes a aquellos con los que no vemos rasgos fenotípicos ni culturales similares a los nuestros, para seguir dejando de lado a el/la chico/a en el patio del colegio que pertenece a una familia no-europea.

Debemos repensar el concepto de Europa, ver que las fronteras que se rigen entre países no son más que intereses políticos y económicos que levantan y derriban paredes imaginarias según la conveniencia de las “Europas heroicas” (Boatcă, 2010: 201). A pesar de que “frontera” como tal tenga tantos significados amplios y diversos (Balibar, 2003), los conflictos siempre acaban igual; Europa (heroica) ejerce presión sobre el resto de los territorios, y si quiere, deshace y hace la historia que considere oportuna para aparecer ante los ojos del resto del mundo como el héroe, el salvador, como llevan intentando argumentar los colonizadores respecto a la colonización de América, África y más continentes a través de una misión civilizadora.


[1] “Reunión nocturna de brujas y brujos” (Real Academia Española. (2001). Diccionario de la lengua     española.


Referencias

Balibar, E. (2003). En las fronteras de Europa. En Balibar, E., Nosotros, ¿ciudadanos de Europa? (pp. 19-30). Madrid: Tecnos.

Boatcă, M. (2010). Múltiples Europas y la Mística de la Unidad. En Cairo, Heriberto y Grosfoguel, R. (et al.), Descolonizar la Modernidad, descolonizar Europa. Un diálogo Europa-América Latina (pp. 193-222). Madrid: IEPALA.

Dussel, E. (1994). 1492: el encubrimiento del otro: hacia el origen del mito de la modernidad. UMSA: Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.

Fardiño, Y. (2014). La otredad y la discriminación de géneros. Advocatus, 23, 50-57. file:///C:/Users/rober/AppData/Local/Temp/Dialnet-LaOtredadYLaDiscriminacionDeGeneros-5982830.pdf

Federici, S. (2010). La gran caza de brujas en Europa. En Federici, S., Calibán y la Bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación primitiva (pp. 219-275). Madrid: Traficantes de Sueños.

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Andrea Aparicio Merideño. Estudante de Antropoloxía Social e Cultural na Universidade de Granada. Interesada en cuestión de xénero.

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