Entrevistas escritas

Espido Freire: “Mi decisión estaba tomada antes de ganar el Planeta, era cuestión de trabajo duro y paciencia”

Siendo capaz de hacer de su pasión su oficio, Espido Freire ha logrado erigirse como una de las personalidades más destacadas del panorama narrativo español.

Desde una temprana edad hizo de la lectura una de sus más importantes aficiones, llegando a plasmar su ferviente vocación en pequeños manuscritos que paulatinamente, dejarían entrever el cuerpo de su primera novela: Irlanda, debut galardonado con el Premio Millepages 1999. Comenzaba a vislumbrarse el comienzo de una prestigiosa carrera profesional.

Melocotones Helados, Premio Planeta 1999, la catapultaría al estrellato tras la espléndida acogida de la que gozó entre la crítica. Sería el inicio de una creciente popularidad que le permitiría continuar cautivando al público tras la incesante publicación de nuevas novelas: Diabulus in Musica (Planeta, 2001), Nos espera la noche (Alfaguara, 2003) o Soria Moria (Algaida Editores, 2007) laureada con el XXXIX Premio Ateneo de Sevilla.

Su obra no se reduce únicamente al género novelesco, sino que a la vez ha sabido hacer suyo tanto el ensayo, como la poesía o la novela juvenil; siendo algunos de sus últimos escritos: Para vos nací (Ariel, 2015), Llamadme Alejandra (Planeta, Premio Azorín 2017), La suerte está echada (Editorial Anaya, 2018) o De la Melancolía (Planeta, 2019), su más reciente publicación.

Actualmente, compagina su labor como escritora con colaboraciones eventuales en televisión y prensa nacional, al igual que en diversas campañas publicitarias. Escribe en las revistas Harper’s Baazaar, Influencers y Mujer Hoy. Asimismo, imparte cursos tanto en universidades del ámbito estatal como internacional y dirige el Máster de Creación Literaria en la Universidad Internacional de Valencia (VIU)

Espido, te defines como una lectora empedernida; de hecho, en declaraciones públicas has afirmado a modo de anécdota, que a lo largo de la EGB había quienes te habrían permitido leer durante clases puesto que aquel ejercicio era, por sí mismo, un método de aprendizaje. ¿Qué despertó el anhelo de establecer un relato propio?

Sí, ya en 4º de EGB, con 9 años, una maestra me dio permiso para leer en clase, al margen de la materia escolar que impartía ella misma. Hubo, creo yo, y no sé cuánto en esto hay de reinterpretación posterior, dos impulsos: uno, el de dotar de voz a personajes o versiones que me parecía que habían sido silenciados (mujeres, villanos, niños). Contar las otras historias. Nacía, claramente, de la imitación. El segundo impulso tenía que ver con la constatación de que narrar me permitía ocupar un espacio en el mundo, atraer una atención por algo positivo; literalmente me daba poder, la mirada y los oídos ajenos.

Parte de tu adolescencia ha estado profundamente marcada por viajes de ensueño en los que no cesabas de cruzar fronteras dado a tu trabajo, como soprano ligera, en la compañía de José Carreras. No obstante, se trata de un entorno agresivo, extremadamente competitivo y plagado de fuertes envidias y enemistades; un conjunto de tensiones que posteriormente desencadenarían un trastorno alimenticio. Decidirías optar por abandonar esa faceta de tu vida para centrarte en otras cuestiones. ¿Continúas experimentando la animadversión que por aquellas sentías hacia ese mundo?

Para una niña de catorce años que provenía de mi entorno social aquella oportunidad era irrepetible. Así lo valoraron mis padres, y así lo sentí yo. Creíamos que estaría rodeada de adultos responsables y que velarían por mí, y no fue así del todo (yo viajaba sola, sin tutor, cosa que ahora no se contemplaría). La edad pone muchas cosas en su sitio. Ahora siento más agradecimiento que animadversión por esa etapa, entiendo mucho mejor qué me ocurrió y, sin disculparles, comprendo mejor qué movía a quienes me amargaron la vida en esos años.

Tras ser considerada una niña prodigio del canto, ¿existió sentimiento de culpa? ¿Cómo lo superaste?

No, no había culpa ninguna. Yo era una buena alumna y con mis notas las puertas de la universidad estaban abiertas. Tenía la confianza de que podría ser una buena profesional en lo que eligiera, y por otro lado estaba mi vocación literaria, en la que parecía también destacar. Cuando se tiene dieciocho años el mundo parece aguardar a que nos lo comamos. Me liberé de un peso enorme, y confié en que en un futuro pudiera viajar, y dedicarme a algo relacionado con el arte y con los escenarios, que sería lo único que añoraría de aquella etapa.

Cuando comer es un infierno, La vida frente al espejo y Quería volar son tres escritos que surgen de la amarga vivencia experimentada durante esa aflictiva etapa, ¿siempre existió el afán de sacarlo a la luz? ¿Hubo quién trató de disuadirte?

No, ni mucho menos. Yo padecí un trastorno de la alimentación, que es de lo que trata esos libros, y una relación muy conflictiva con mi cuerpo desde los quince años y medio hasta que abandoné la música, con sus coletazos y contradicciones posteriores. Desconocí qué me ocurría hasta que me había recuperado de ello, y no escribí sobre el tema, que llevaba en estricto secreto, hasta los 27 años. Fue la constatación de que habían pasado más de diez años de mi enfermedad y que nada había cambiado, y que había miles de chicas sufriendo lo mismo que yo padecí lo que me impulsó a escribir sobre ello. No tenía ningún afán de ajustar cuentas, ni tampoco de acaparar protagonismo. Casi no había nada escrito al respecto, y me parecía que si alguien podía hablar de ello, esa era yo. Mi editora acogió con entusiasmo la idea. Mi familia tenía sus dudas, y yo opté por no contar exactamente mi historia, pero sí contextualizarla en las entrevistas.

Irlanda, escrita a tus tan sólo 16 años de edad, te permitiría alzarte con el premio galo Millepages. ¿Fue el hito necesario para decantarte definitivamente por la escritura? ¿Hubieras tomado otro camino de haber pasado desapercibida?

Cuando gané el Millepages ya había publicado la segunda novela, “Donde siempre es octubre”, y esa misma semana gané el Premio Planeta, con lo que la pregunta se responde sola. Mi decisión estaba tomada, había tenido la suerte de encontrar editor (y además, en un grupo importante) y, a diferencia del actual, era un momento de apuestas por jóvenes autores, con lo que parecía que, abierto el camino, era cuestión de trabajar duro y tener paciencia para llegar a los lectores. Tardara lo que tardara me encontraba ya encaminada. Luego el azar precipitó todo.

Fuente: @espidofreire

Cuentas con innumerables colaboraciones en obras colectivas. ¿Cómo aflora el interés por ser partícipe de este tipo de producciones literarias?

Por desgracia, la crisis editorial que vivimos y el cambio de gusto de los lectores hace que esas participaciones hayas disminuido. Por un lado, era la oportunidad de escribir relatos o pequeños ensayos sobre temas que me interesaban, pero a los que no dedicaría una obra más larga. Por otro lado, era una de las poquísimas opciones de trabajar en equipo con otros colegas, algunos admirados, otros desconocidos, de acceder a su obra y de vincularnos. Por lo habitual, era el gusto por un tema lo que nos unía, y así conocíamos también puntos de unión. Este es un oficio solitario, para lo bueno y para lo malo. Esas obras aminoran la sensación de ser una francotiradora.

¿Sigues algún ritual al elaborar una nueva obra?

No. Me encantaría resultar más misteriosa, pero cuando llega el momento de iniciarla suele ser porque ya he trabajado lo suficiente en esquemas previos, o he acabado o estoy acabando la interior. La realidad del día a día marca mucho de mi dedicación a una obra. De hecho, no siento mucha simpatía por los autores maniáticos. Algo dentro de mí (la experiencia, posiblemente) me lleva a pensar que son adictos a la atención. Al principio le daba mucha importancia a la fecha en la que se publicaba. Ahora que conozco más del mercado editorial también eso me da igual.

¿Has experimentado el síndrome de la página en blanco?

No, he tenido la suerte de no experimentar bloqueos. Cuando no escribo las razones suelen ser otras: la vagancia (me gusta iniciar y finalizar historias, pero me aburre el espacio intermedio) o que creo que lo que escribo es mejorable si trabajo el esquema un poco mejor.

Tú última novela, De la melancolía, se halla protagonizada por una mujer que se sume en una profunda depresión, tras percatarse de cómo los cimientos de sus relaciones se tambalean para desaparecer progresivamente. La realidad dista de las expectativas que se le exigen. El mito del amor romántico no perdura en el tiempo, no es realista; sin embargo, actualmente se está experimentando el auge de un nuevo tipo de relaciones caracterizadas por la prevalencia de un notable individualismo y falta de responsabilidad afectiva. ¿Cómo hallar el equilibrio?

Esa es una buena pregunta que delata una preocupación cada vez más extendida. Elena, la protagonista de esa novela, es una mujer convencional, a su pesar, que ha sido sobreprotegida por una familia fría, pero eficaz, y un matrimonio erosionado, pero seguro. Cuando desaparece ese andamiaje, no sabe ni quién es ni qué hacer. Pero en el fondo no se plantea un cambio radical de vida: sus decisiones, por duras que le resulten, no son trágicas. Y en la novela se premia su valor y su honestidad.

Sospecho que el problema de fondo que afrontamos, en particular las mujeres, es mucho más profundo y de solución menos satisfactoria. Frente a quienes abogan por un modelo más tradicional, con una dosis importante de sacrificio personal y de compromiso, incluso de abandono de una misma por un bien mayor, hay un número significativo de mujeres que se sienten estafadas con unas opciones en las que casi siempre salen perdiendo: la individualidad femenina continúa estado fuertemente castigada. Por otro lado, muchas desean una mayor libertad, pero no la soledad a la que les conduce un comportamiento menos convencional. No hay modelos nuevos que hayan prosperado, y el tiempo se lleva la belleza, la fertilidad y las opciones. No es de extrañar que se anhele un equilibrio que, a título personal, creo que incluye mucho de una renuncia.

Fuente: @espidofreire

El hogar del monstruo, Abril en Estambul o VerSex son algunas de las representaciones teatrales en las que participas desde que comenzases tu andanza como actriz en 2016. ¿De qué manera ha enriquecido tu vida el teatro?

Enormemente. Primero, como un desafío literario en sí mismo. Teatro y guión eran los géneros que más se me resistían, y que quería probar, al menos como experimento, aunque dudara de que llegara a hacerlos públicos. Por otro lado, como ese reencuentro con el público, la catarsis propia del momento compartido, que era lo que realmente disfrutaba cuando cantaba. Está el gesto, un terreno nuevo, un aprendizaje diferente, la necesidad de demostrar que se está a altura. Creo que todo eso es muy refrescante: mantiene la mente joven y el ego bajo.

Hay quienes conciben las redes sociales como un nuevo modo de entretenimiento, otros cuestionan la exagerada sobreexposición que estas suponen. Pese a los dispares pareceres, resulta sumamente llamativo que una novelista sea tan activa y tenga tal alcance difundiendo cultura, principalmente, a través de Instagram; razón por la cual se te galardona con el Premio Influencer 2018. ¿Cuál ha sido la fórmula para hacerse hueco entre las nuevas generaciones?

Internet llegó a mi vida cuando estaba en la universidad, y la sensación de deslumbramiento y de nuevas posibilidades fue inmediata. Nunca me he separado demasiado de la tecnología que se generaba, aunque fuera en mi humilde papel de usuaria. Fui de las primeras escritoras en abrir su web, y siempre he jugado con formatos. Respecto a las redes sociales, no fui (no soy) una gran entusiasta de Facebook y solo ahora he encontrado mi voz en Twitter, pero entendí Instagram de una manera intuitiva. Me permitía comunicarme con mi comunidad sin intermediarios, desmontar algunos prejuicios sobre mí, jugar con el humor, trabajar con marcas, crear todo un universo visual que en mi cabeza estaba ya claro y definido. Coincidió con una época en la que la fotografía se había convertido para mí en una terapia ocupacional, y con menos normas que ahora. No existían las stories, los directos, el formato era cuadrado. Ha crecido Instagram y yo he aprendido según crecía. Las normas son sencillas: contenido de calidad, tres fotos al día, un tono amable, mimar a los seguidores y máxima honestidad, dentro de que intento mostrar lo bonito de la existencia. Hay ciertos límites que no piso: no me retoco, mis seguidores son reales, y no muestro mi vida privada.

El pasado febrero, la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) informaba de cómo el porcentaje de lectores se desplomaba a partir de los 15 años. Hay quienes afirman que las nuevas tecnologías son las responsables de este fenómeno; otros apuntan a las lecturas obligatorias, algunas tan controvertidas como Plenilunio, y la imposibilidad de leer lo que nos plazca. Bajo tu punto de vista, ¿a qué se debe?

Yo creo que es mucho más sencillo, más pragmático, y que tiene que ver con que la exigencia de los estudios aumenta a partir de esa edad, que los padres ya no insisten en que se lea sino en las notas obtenidas, y, al contrario, en la desaparición de las lecturas obligatorias. Quienes se enfoquen a unos estudios superiores verán enormemente reducida su necesidad de leer ficción, y ni mencionemos ya su tiempo. Por otro lado, la socialización en España está asociada a los grupos, a las experiencias comunes y al deporte o salir de fiesta. Nada de eso es muy compatible con leer. La experiencia general es que luego los lectores regresan, ya asentados, pasados los 40, cuando encuentran tiempo. Y muchos de ellos buscan grupos, talleres o clubes de lectura precisamente para vivir su amor por los libros en un colectivo, posiblemente porque se han sentido minoría.

Consideras que el hecho de escribir no debería reservarse exclusivamente a aquellas personas procedentes de determinados sectores socioeconómicos; debe hallarse al alcance de cualquiera con dotes para ello. No obstante, escritores como Alena KH aseveran que este será el principal impedimento por el cual quienes sepan escribir, jamás publicarán. ¿Es posible romper el techo de cristal? ¿Se reduce a un problema de expectativas?

Ni exclusivamente, ni siquiera mayoritariamente. Yo matizaría las palabras de Alena; en mi caso, vengo de un entorno sin pasado ni contactos literarios. Sin olvidar que he sido una excepción creo que mucho más importante que el entorno y los contactos es el contar con el tiempo suficiente como para escribir, la tranquilidad económica como para invertir esfuerzo y margen en ello y la libertad como para escribir lo que se desee sin urgencia ni necesidad de seguir modas. Y nada de eso se consigue si el autor vive esclavo de la precariedad económica. Por desgracia, mi experiencia en cursos, premios y demás me hace relativizar mucho el que tantísima gente escriba bien sin tener una oportunidad. Los hay, sin duda. Pero no llegar a publicar tiene más que ver, en mi experiencia, con el enfoque mercantilista del mundo editorial que con pertenecer a un círculo determinado.

Dicho lo cual, la formación es esencial: lo es para los aspirantes a escritores, y para los consagrados. Sea autodidacta, como muchos llevan a cabo, u organizada. Si defiendo la formación reglada para escritores se debe, precisamente, a que creo que en todos los casos han sido las puertas de acceso a más personas, a una democratización, que cuando los oficios se han encontrado en manos de élites o defendidos por una falsa sensación de talento innato e inexplicable.

¿Aquello que más te agrade de tu profesión?

La libertad. La posibilidad de aprender constantemente. El placer de leer, de compartir lecturas o mis propias obras. El goce puro de la creatividad.

¿Algún sueño por conquistar?

Ay, muchos. Tantos. Nos encontramos en un momento cambiante, confuso, con tintes trágicos. Veremos si al pasar el tiempo, en uno o dos años, se pueden retomar los sueños o si hay que plantearlos de nuevo, de cero. Te hablaré de uno en concreto: la inclusión de la inteligencia artificial en una de mis obras.

SOBRE LA AUTORA

Inés Khalloufi Izquierdo. Estudiante del Grado en Ingeniería Química en la Universidad de Santiago de Compostela.

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