Entrevistas escritas

Stuart Medina: “Hemos renunciado a que el estado trabaje para la mayoría: tenemos un estado que trabaja para las oligarquías y no para el común.”

Fonte: CTXT

Entrevistamos a Stuart Medina, uno de los más reconocidos divulgadores de la Teoría Monetaría Moderna, que se describe a sí mismo como “partidario de desmantelar la UE”. Stuart Medina es economista por la Universidad Complutense de Madrid y Máster in Business Administration por la Darden School de la Unversidad de Virginia. Es el presidente de la Red Modern Monetary Theory, donde expone su perspectiva crítica con la ortodoxia económica dominante.

Ha escrito múltiples artículos en su propio blog y en diferentes medios de comunicación como Infolibre, Contexto y Acción o El Diario, además de publicar varios libros como El Leviatán Desencadenado. Siete propuestas para el pleno empleo y la estabilidad de precios. Veintiuna razones para salir del euro, en la editorial Lola Books, o La Moneda del Pueblo, en la editorial de El Viejo Topo. Durante la entrevista abordamos cuál es la dimensión de la crisis económica en curso, qué formas de abordarla se abren y que propuestas defiende la Teoría Monetaria Moderna.

En primer lugar, me gustaría preguntarte acerca de la dimensión de esta crisis. Tenemos cuanto menos dos frentes abiertos: el primero tiene que ver con la urgencia sanitaria y las medidas a tomar para minimizar los efectos negativos; y el segundo se refiere a las repercusiones económicas y estructurales: ¿Frente a qué tipo de crisis nos enfrentamos? ¿Cuáles serán sus efectos en la sociedad civil? Y en definitiva, ¿Qué dimensión comporta?

Bueno, sobre la parte sanitaria no quiero opinar porque no es mi campo. Más bien opino sobre la parte económica. No hay precedentes para esto. En esta generación nadie recuerda haber vivido una pandemia de estas dimensiones y menos en este país. Se parece algo a la famosa gripe española que coincidió con la Primera Guerra Mundial. En la historia se narran pandemias como la de la peste negra y ha habido otras que tuvieron mucho impacto en la economía, pero ninguna persona de esta generación lo ha vivido.

Por una parte nos enfrentamos a un shock de oferta en el que muchas empresas se ven obligadas a cerrar porque no pueden ni acudir a las mismas sus trabajadores. Tienen que echar el cierre, no llegan componentes, se interrumpen tráficos comerciales… China ha estado cerrada antes que nosotros y muchos fabricantes que dependían de componentes fabricados allí ahora han experimentado retrasos en la llegada de consumibles, componentes e incluso productos terminados.

Ese shock de oferta es de por sí un resultado negativo en la primera parte de este año, pero al final el peor va a ser el shock de demanda que le va a seguir, porque como consecuencia del shock de oferta, que obliga a cerrar y despedir trabajadores, a recortar plantillas y hacer Expedientes de Regulación Temporal de Empleo (ERTE), mucha gente se irá definitivamente a la calle: trabajadores temporales que ven que sus contratos no se renuevan y trabajadores temporeros, como por ejemplo los recolectores de fresa en Almería (que he leído que muchos temporeros marroquíes no han podido llegar). Esas personas pierden rentas: las personas que tienen contratos temporales en temporada turística ya no van a ser contratadas. Es una enorme pérdida de renta para muchos autónomos, profesionales, pequeños negocios, artistas, cantantes o actores que no empieza a ser ni medianamente compensada por las medidas que ha propuesto el gobierno. Se va a salir de este cierre de dos o tres meses que no sabemos cuanto va a durar, y muchas personas o van a tener lo justo o habrán tenido que tirar de sus ahorros, y no van a tener mucha alegría para salir a consumir, y menos todavía si están en paro. Nos vamos a encontrar con una caída de la demanda después de volver a una cierta normalidad que va a prolongar las consecuencias económicas de la crisis.

La cuestión es que no tenemos experiencia. Se ha comparado a una situación de guerra, pero en esta hay destrucción de capital y de equipamiento, de pérdida de población, de destrucción de vidas humanas. Se ha hablado de economía de guerra, pero realmente el problema que preocupa es el contrario: la economía de guerra durante la Segunda Guerra Mundial trataba de maximizar la movilización de todos los recursos de la nación al tiempo que se intentaba garantizar un mínimo nivel de vida para la población y evitar tensiones inflacionistas por defecto de la perdida de ocupación. En este caso se ha hecho un experimento que no tiene precedentes, que es desmovilizar completamente o a una gran parte de la economía, y esperar que luego se vuelva a la normalidad, es decir, inducir una especie de coma a la economía y esperar que pueda despertar dentro de dos meses como si no hubiera pasado nada, como si las relaciones entre trabajadores-empleadores, clientes-proveedores, acreedores-deudores no se hubiera visto alterada nunca. Yo creo que eso no es realista, creo que el gobierno está esperando una recuperación en V, y me da la sensación de que no va a ser así, que vamos a tener un período muy largo de depresión económica.

 Las proyecciones sobre los efectos negativos han propiciado comparaciones con otras grandes crisis económicas: desde el crack del 29 hasta la última crisis financiera en 2008, pasando por la experiencia de los años 70. Quería preguntarte, desde una perspectiva comparada con otros momentos de recesión y depresión económica, sobre los rasgos particulares de esta.

¿A qué causas obedece? ¿Y en qué sentido se asemeja o difiere de otras experiencias históricas?

 De alguna manera, en mi respuesta anterior he anticipado una diferencia fundamental entre esta y otras crisis: es esa medida sin precedentes históricos de haber decretado el cierre de múltiples negocios. Normalmente las crisis económicas que hemos vivido suelen tener un principio o causa financiera, en una situación en la que las expectativas de los empresarios se vuelven más pesimistas, los bancos empiezan a negarse a dar créditos, generándose situaciones de desconfianza que llevan a quiebras de instituciones financieras o de empresas. Son procesos que suelen darse en un período de tiempo prolongado. En la última gran crisis de 2007, iniciada con la caída de Lehman Brothers, asistimos a una secuencia de problemas financieros, de quiebra de entidades financieras que hacía necesario rescatarlas, y de todas formas, a una situación que iba a cámara lenta en comparación con lo que ha ocurrido aquí. Aquí veníamos de un período de crecimiento económico, aunque se observa una tendencia hacia la ralentización. Al igual que Italia, Alemania llevaba varios trimestres bordeando la recesión, Francia no tenía un crecimiento muy potente, y en España empezábamos a observar una desaceleración a la que se le ha venido esto encima.

 No hay precedentes, no tenemos nada comparable, y el daño es difícil de medir. Desde la red MMT  hemos hecho una estimación empleando las tablas Input-Output; no es la mejor metodología pero era lo que nos permitía trabajar más rápidamente, y hemos visto que el PIB en España en este trimestre caerá en torno a un 8%, que ya es una caída muy fuerte para un sólo  trimestre. En Francia por ejemplo se han publicado datos de una caída del PIB del 6 %, y en EUA ya se dice que hay 16 millones de desempleados. En el segundo trimestre en España pronosticamos una caída superior al 20% del PIB, quizás más cercano al 30%, y ya hemos visto que hay 900.000 parados más en España faltando los datos de abril. Hay aproximadamente 600.000 ERTES aprobados, y quizás estemos llegando a 2 millones más de personas fuera del mercado de trabajo para finales de abril. Estamos hablando de que esto se suma a los 3 millones de parados que teníamos en febrero, por lo tanto, saldríamos de esta con 5 millones, quién sabe sino con 6 millones de personas fuera del mercado de trabajo que no están produciendo. Es una situación inaudita, no tiene precedentes.

Entonces la cuestión es: ¿Podemos volver a poner en marcha rápidamente la economía en mayo si es cuando se produce el fin del confinamiento? Supongo que una parte del tejido productivo si se pondrá en marcha, pero para otra parte de la economía esto va a ser un año perdido: muchas empresas del sector hostelero, pequeños comercios que han estado cerrados a la fuerza, restaurantes y bares, a lo mejor volverán con situaciones de concurso de acreedores, si es que no han echado el cierre definitivamente. Eso es un daño que tarda muchísimo tiempo en recuperarse. Hemos visto que en las crisis económicas convencionales los procesos de destrucción de empleo son muy rápidos, y más en el modelo económico español, en el que existe una gran cantidad de personas que viven con contratos temporales, enlazando contratos basura. Cuando acabe el confinamiento, estas personas en situación de desempleo tardarán muchísimo tiempo en volver a encontrar un empleo, y vamos a tener con alta probabilidad una situación de alto desempleo durante mucho tiempo.

No creo que las medidas económicas aprobadas por el gobierno sean suficientes para suplir el daño provocado. Ni desde el punto de vista de las rentas perdidas, ni como incentivo o estímulo de gasto publico suficiente como para compensar estas pérdidas. Estamos hablando de que el gobierno está aprobando ayudas que en su mayor parte son avales y préstamos, en una situación en la que muy poca gente va a querer endeudarse, y si lo hace es porque no le quedará más remedio. Y en lo referido al incremento de gasto efectivo, que permitiría compensar la tremenda caída que va a tener el gasto privado, no se empieza ni a compensar, porque si estamos hablando de que aproximadamente unos 2 mil millones de gasto en prestaciones de desempleo y algunas partidas incrementadas para que las CCAA puedan hacer frente, y a todo esto se le une el más que probable colapso en la recaudación -que yo creo que va a ser superior al 15 % de la recaudación anual de impuestos- que dada la cultura de la austeridad y del equilibrio presupuestario que domina en el pensamiento económico dominante, las instituciones europeas y en las normas de los tratados de la UE, acabará llevando a una reducción del gasto público, lo cual agravará aún más la caída de la producción. Un principio básico de la macroeconomía es que hay una identidad entre el ingreso y el gasto: el ingreso es igual al gasto y la producción total. Si cae el gasto de todos los agentes cae su ingreso, y por lo tanto cae también la producción de todos los agentes en la economía.

 Se entiende que la forma de gestionar una crisis, esto es, de decidir qué intervención se realiza durante la misma y qué escenarios se abren en el día después, será decisivo para con los efectos de la siguiente crisis.

¿Qué lecciones podemos extraer de experiencias pasadas? ¿Cómo crees que ha influido la forma en que se salió de la crisis en 2008 por parte de la UE?

Realmente de la última crisis se salió muy mal, a causa del pensamiento económico dominante actual. Inicialmente, la respuesta que tuvo el gobierno de España en la época de Zapatero fue el Plan E, un programa de estímulos de corte keynesiano. La primera respuesta que se dio mundialmente fue hacer un tipo de políticas económicas basadas en aumento del gasto público, y eso funcionó. Se criticó mucho el Plan E en la prensa, sin embargo, cuando uno mira la curva que describe el crecimiento del PIB de España en el año 2009, hubo un bache muy profundo que fue seguido de una recuperación relativamente rápida: estábamos prácticamente en crecimiento cero en 2010. Pero en ese mismo año se produjo en Europa el giro hacia la austeridad, que fue diseñado e impulsado por las autoridades europeas, principalmente por el presidente del Banco Central Europeo (BCE) que entonces era Jean Claude Trichet, por Merkel, por el presidente de la Comisión Europea (CE) Durão Barroso y por Sarkozy, que literalmente chantajearon al gobierno de España y a otros gobiernos para que abandonaran las políticas expansivas e impusieran una senda de ajuste presupuestario.

Eso provocó una segunda caída en la recesión mucho más grave que la primera, que fue, podríamos decir, una recesión en forma de V: muy profunda pero con una relativamente rápida recuperación. Pero claro, el giro hacia la austeridad de 2011 profundizado por el gobierno de Mariano Rajoy llevó a la tasa de desempleo al 27% y provocó que la crisis se alargara hasta prácticamente anteayer. Hasta 2017 no alcanzamos el nivel de producción que tenía España en el año 2008, y hasta febrero de 2020 no alcanzamos el número de desempleados que teníamos en 2008, es decir seguíamos con más desempleados que en 2008. Eso quiere decir que se ha gestionado fatal, es decir, hemos tenido la recuperación más lenta de la historia. Solamente un conflicto bélico habría causado un nivel de depresión prolongada tan larga acompañada de deflación como la que ha tenido la economía española en los últimos años.

Esto ha sido consecuencia de no tener una soberanía monetaria, de no poder ejecutar una política fiscal expansiva, de estar sometidos al chantaje del Banco Central Europeo (BCE) y las autoridades europeas, así como de las reglas arbitrarias que incorporaba el Tratado de Maastricht, como por ejemplo la obligación de tener un déficit estructural cercano a 0. Un déficit estructural es el déficit del estado en situación de pleno empleo, y la reforma que se incorporó a la Constitución en el año 2011 por iniciativa de Zapatero -pero impulsada y/o obligada por el Banco Central Europeo y las autoridades europeas- impuso como criterio que el déficit estructural tenía que ser inferior al 0,4% del PIB de España.

Este es un déficit tan ridículamente bajo que solamente puede dificultar el funcionamiento normal de la economía. Una cosa que debemos entender es que el déficit del estado es necesariamente el ahorro del sector privado: si tu llevas o pretendes llevar el déficit del estado a 0 lo que estás diciendo simultáneamente es que te quieres cargar todos los ahorros netos del sector privado, y eso siempre tiene consecuencias en una depresión del consumo, en desanimar la inversión privada, y en definitiva, en ralentizar y dificultar la recuperación económica. Así que fue un modelo absolutamente nefasto que espero que no se aplique en esta ocasión.

Por ahora, me temo que lo que estamos viendo es un intento del gobierno de España por conseguir la cuadratura del círculo: decir que se ayuda a la gente a la vez que se intenta minimizar el aumento del déficit público. Eso no puede ser. En esta ocasión vamos a tener que asistir a un aumento del déficit público que posiblemente llegue al 10 o al 15% del PIB de España, quizás más. Yo creo que debería dejarse que creciera cuanto fuera necesario para asegurar un rápido retorno de la economía. El déficit público es una forma de inyectar dinero en la economía: cuando hay un colapso en las rentas del sector privado necesitamos que sea el sector público el que movilice la demanda, ya que va a ser muy difícil esperar a que los bancos inyecten dinero en esta fase.

Esta situación se tendría que prolongar hasta 2021, que es cuando las empresas presentarán la declaración del impuesto de sociedades y las personas su declaración del IRPF; no se cerrarán las cuentas anuales y seguiremos viendo un colapso en la recaudación. Allí veremos el daño que ha causado este confinamiento en las rentas de empresas y personas, y veremos por tanto una caída tremenda de la recaudación. Si se pretende compensar esa caída con reducciones del gasto lo único que haremos es alargar el problema y volver a los errores del ciclo 2011-2013, que fueron realmente nefastos.

Durante el confinamiento se han hablado de distintas posibilidades. Ha corrido la voz de que muchos liberales se han vuelto keynesianos, y que de repente tenemos que financiarnos según la deuda pública estándar, prescindiendo de varias de las normas que imperaban en la normalidad. Pero da la sensación de que las distintas propuestas de intervención no escapan lo suficiente de los anteriores paradigmas. O que cuanto menos, se entiende que las medidas que desbordan el dogma neoclásico tienen fechas límite, como en el caso de la propuesta anunciada por el Banco de Inglaterra, que financiará directamente al gobierno, pero de forma transitoria.

 ¿Cuáles son, en términos generales, los grandes paradigmas económicos en disputa, tanto en lo que concierne a la comprensión de la crisis como a las propuestas para enfrentarla? ¿Cuáles son sus principales postulados y propuestas?

Es una pregunta muy interesante. Yo creo que estamos ante una mera suspensión de las reglas y normas ante algo que es considerado un shock externo, una situación anómala que no sirve para gestionar la normalidad.Evidentemente la mayor parte de los economistas, y en general, periodistas y opinadores políticos adscritos al dogma dominante están deseando que todo vuelva a la normalidad para volver a aplicar las mismas políticas. Por lo tanto, mucho me temo que lo que vamos a ver es una suspensión temporal de esas normas.

Como bien has dicho, el Banco de Inglaterra, que es el Banco Central de Reino Unido, ha anunciado que está dispuesto a que el gobierno tenga descubiertos en cuenta, en su Banco Central, una cantidad a mayores de lo que ya estaba contemplado y permitido, ya que había un protocolo entre la Unión Europea y Reino Unido que permitía a este último eximirse de una prohibición que estaba en los tratados de la UE: la consagrada independencia de los bancos centrales y la prohibición explicita de que estos financien directamente a los gobiernos. Este año, el Banco de Inglaterra ha suspendido de forma condicionada ese tabú procedente de la ideología neoclásica.

Hay muchas escuelas de pensamiento económico, y sería muy extenso describirlas a todas. Yo creo que el pensamiento neokeynesiano es la que predomina ahora mismo. Es una especie de keynesianismo bastardo, en el sentido de que renuncia a muchas de las enseñanzas que extrajo Keynes de la Gran Depresión del 29 e intentó de domesticar muchos de sus postulados: pretende que en el ciclo económico las cuentas públicas estén equilibradas y que a todo déficit debe seguirle un superávit; también desconfía de la política fiscal -subir/bajar el gasto público y los impuestos-. El paradigma dominante considera que la política fiscal no es útil. Sería largo de explicar por qué, pero en principio se la considera ineficaz porque dicen que actúa con retardo, debido a que los agentes son racionales y son capaces de anticipar una subida de impuestos si hay una subida de la deuda pública.

Es una cosa absolutamente fascinante como se puede llegar a pensar que la gente toma decisiones de consumo o ahorro en base a que esperan que el gobierno vaya a subir los impuestos debido a la observación de un aumento del déficit. Es completamente absurdo, pero es lo que se ha difundido en la academia, en el pensamiento de las universidades durante las últimas décadas. Por algún motivo, también se considera que el gasto público es más propenso a crear inflación y que por lo tanto hay que limitarlo. Entonces la herramienta que le queda a la política económica es la política monetaria. Esta pasaría a ser la única forma en que ellos conciben su respuesta: con bajadas del tipo de interés y con operaciones monetarias atípicas como las compras de activos en el mercado secundario -sobre todo de deuda pública en los últimos años-. Es a lo que te avoca haber renunciado a la política fiscal.

Desde la Teoría Monetaria Moderna consideramos que la política monetaria no sirve para lo que la escuela dominante piensa. De alguna forma, esta sólo sirve para determinar el rendimiento de la deuda pública en el mercado secundario y para determinar los tipos de interés en el mercado intercambiario, ya que es el tipo de interés de referencia para la curva de los tipos de intereses y todos los demás productos financieros del mercado bancario. Esta es la función de la política monetaria. No consideramos que sea eficaz en la gestión del ciclo económico ya que no permite influir en el nivel de actividad de la economía; pensar lo contrario a esto es una ilusión. Pensamos que hay que recurrir a la política fiscal, que es la verdaderamente potente ya que consigue movilizar recursos en la economía. Es la única capacitada para, por ejemplo, reducir el desempleo de la forma más directa posible: contratando a la gente que está desempleada. Aquí se contraponen dos visiones muy distintas sobre la eficacia de las políticas, sobre cuáles son las que funcionan y cuáles son las que no funcionan.

Detrás de todo esto hay una discrepancia muy profunda: tanto en el pensamiento neokeynesiano como en el neoclásico se considera que hay unos fondos -que tienen los ahorradores- limitados en la economía. Parten de una especie de análisis según el cual la economía es una economía de intercambio en donde no hay dinero, en donde lo que los agentes se prestan unos a otros son unos recursos limitados; entonces, el dinero pasaría a ser una mera representación, un velo de esos recursos limitados, por lo que los fondos disponibles para prestar o invertir también estarían limitados. La consecuencia que de ello se deriva es que habría una disputa entre el estado y el sector privado por esos fondos, considerándose que el estado tendría un uso menos eficiente de esos recursos, y que el sector privado sabría invertirlos mejor. Todo esto es ideología, y además parte de una premisa falsa: esta idea de que los fondos son escasos.

Desde la Teoría Monetaria Moderna explicamos que en el acto mismo del gasto, el Estado crea fondos, crea el dinero: un aumento del déficit público, del gasto superior a la recaudación de impuestos, lo que hace es inyectar y crear nuevo dinero en la economía. No necesita desplazar fondos de otros usos, sino que crea nuevos fondos, y además moviliza recursos que están ociosos. Esta es una diferencia importante respecto de la economía neoclásica, en donde de alguna forma parten de la premisa de que estamos en situación de pleno empleo, y en el caso de existir desempleo, este se debería a las rigideces en el mercado de trabajo o a que los trabajadores no quieren reconocer la necesidad de bajar sus salarios para encontrar un empleo.

Según esta premisa no estaríamos nunca en una situación de desempleo real, ya que lo realmente existente sería una negativa de los trabajadores a ajustar sus expectativas. Desde nuestro punto de vista, compartido con muchas otras escuelas postkeynesianas, la economía rara vez o casi nunca está en pleno empleo, por lo que el gasto del gobierno no supone un desplazamiento de fondos desde el sector privado. Esta sería una forma de resumir las dos grandes disputas ideológicas que hay entre, por un lado, neokeynesianos y neoclásicos, y por otro, la Teoría Monetaria Moderna y los postkeynesianos.

Dentro de la UE han sido evidentes las diferencias entre países, afirmándose una geografía política que casi podemos decir que desvela una estructura neocolonial. Se han tomado distintas medidas, como la “cláusula general de escape” del Pacto de Estabilidad y Crecimiento desde la Comisión Europea, o, desde el Banco Central Europeo, una línea de más de 750 mil millones de euros para comprar deuda pública y privada en el mercado secundario. Pero al mismo tiempo se han producido una serie de choques entre los países del norte y los del sur. Se ha comentado mucho durante estos días las diferencias existentes entre países como Holanda o Alemania y los países del Mediterráneo (Francia, Portugal, España e Italia). Además de las causas estructurales y económicas, algunos analistas señalaban la impronta cultural y religiosa de estas posiciones, apuntando a las diferencias en torno a la procedencia protestante o  católica de estos países.

El encontronazo en torno a las posibilidades de una mutualización de la deuda, de su monetización o de las condiciones de su financiación, pone de manifiesto los déficits en la arquitectura de la Unión Europea y la Eurozona. Se ha hablado de los coronabonos, que han sido el detonante de las diferentes posiciones, así como de nuevos mecanismos como el SURE (seguro de desempleo de urgencia), o la utilización del MEDE (mecanismo europeo de estabilidad). El 9 de abril, en la reunión del eurogrupo se acordó un rescate del MEDE con condiciones más relajadas que las de épocas pasadas. El acuerdo ha sido celebrado por los gobiernos de los países del sur, y en el caso español, Nadia Calviño lo ha anunciado como un “buen acuerdo” que integra una triple red de seguridades para trabajadores, empresa y estados. Desde varios sectores progresistas se ha aplaudido esta decisión, argumentando que se trata de una especie de MEDE light.

Quería enfocar las preguntas en dos direcciones. La primera en el sentido de la arquitectura de la Unión Europea y de la zona Euro: ¿Qué déficits estructurales tiene el modelo europeo? ¿Cómo nos afecta el hecho de no tener una moneda propia?

Y la segunda, sobre el anuncio de lo acordado en la reunión abierta del Eurogrupo y las medidas tomadas hasta el momento: ¿Cuál es tu valoración de la gestión realizada por las principales instituciones de la Unión?

Soy extraordinariamente crítico con toda la arquitectura institucional de la zona euro. Creo que es un diseño nefasto que coloca a los países que tienen déficit comercial en una situación permanente por la que se ven abocados a políticas de devaluación interna. Debido a que no hay en la arquitectura institucional del euro un estado o una estancia federal que haga política de distribución de rentas, y que de alguna forma permita compensar a los estados o a las zonas que tienen un déficit comercial, estos países están obligados a constantes devaluaciones salariales.

Por ejemplo, dentro de España, cuando teníamos la peseta, tanto Cataluña como el País Vasco tenían un superávit comercial: si uno ve las estadísticas de los años anteriores a la entrada en el euro vería que Cataluña exportaba bienes acabados al resto de España y que esto producía un superávit comercial permanente con el resto del Estado; sin embargo no pasaba nada, ya que había un estado que recaudaba impuestos en todo el territorio y que gastaba dentro del mismo en función de las necesidades y capacidades. Esto funciona mientras dentro de ese Estado-nación había un sentimiento de pertenencia a un demos, a una comunidad nacional donde el hecho de que una región sea deficitaria respecto a otras no se contempla como una oportunidad de aprovechamiento sobre la misma.

Dentro de Europa, con los países del norte, esto no ocurre. No sé si es el calvinismo o el protestantismo. No creo que la religión tenga mucho que ver ya que hay católicos en Alemania y en Bélgica. No creo que se trate de una cuestión religiosa, sino más bien de una percepción popular derivada de un análisis según el que los países con superávit comercial son necesariamente más eficientes, productivos y competitivos, mientras que los países deficitarios simplemente no han hecho los deberes. Esta es la imagen popular que se difunde y que muchos economistas han contribuido a elaborar, sin embargo, se trata de una imagen completamente pueril, ya que no puede haber un país con un superávit si no hay otro dispuesto a tener un déficit comercial.

La entrada en la Unión Europea de países como España o Italia les ha supuesto un proceso de desindustrialización bastante acelerado en el que muchas empresas han sido desmanteladas. En el caso español, muchas de esas cuotas de mercado han ido a parar al sector industrial alemán, que es verdad que era de mayor tamaño y más eficiente, pero se han ido quedando con nuestro mercado y gracias a ello su industria ha prosperado.

La consecuencia ineludible de este proceso de concentración de la potencia industrial en una región cada vez más pequeña de Europa es que los países del sur tienen que tener inevitablemente un déficit comercial. Si ese déficit comercial no se compensa con algún mecanismo de transferencia de rentas se producirá la situación que estamos viviendo en el sur de Europa: una permanente perdida de salario, de capacidad de crecimiento, de inversión -que en España se pudo compensar temporalmente con una burbuja inmobiliaria que acabó mal- y en una dependencia de sectores de menor valor añadido como la agricultura, el turismo o la fabricación de componentes dentro de las cadenas de valor de la industria franco-alemana. Este modelo nos hace cada vez más dependientes de unos suministros globales en los que tenemos una menor aportación de valor añadido. Se trata de un modelo que va a llevar al empobrecimiento gradual del sur mediante un proceso de concentración de riqueza en el norte, y llevamos asistiendo al mismo a lo largo de varias décadas porque no existe ningún mecanismo federal europeo que permita compensarlo.

 Además,creo que hay un problema en las élites españolas. Se trata de lo que he denominado como “complejo de Bienvenido Míster Marshall”, en referencia a aquella película de los años 50 que es absolutamente genial, y que apunta a esta expectativa de que nuestros problemas los tienen que resolver alguna potencia extranjera. Todas las soluciones que se están postulando pretenden movilizar recursos sin depender de la voluntad popular y democrática. Se pretende recurrir a los coronabonos, un instrumento de mutualización de nuestra deuda pública con la de los países del norte, porque se dice que como nuestra deuda es menos atractiva -debido a que somos un país deficitario- tenemos que intentar seducir a los mercados mutualizándola conjuntamente con la de los alemanes, formando un pack más atractivo. Esto es rendir pleitesía a los mercados.

Lo único que necesitamos es un Banco Central que compre nuestra deuda pública. Con eso basta. Es decir: si el Banco Central Europeo está ofreciéndose a comprar deuda pública tanto a España como a los demás países por valor de hasta 750mil millones de euros, lo lógico sería aprovechar esa oportunidad; no andar mendigando MEDES y préstamos del norte de Europa. Creo que tenemos que aprender a resolver nuestros problemas, a intentar movilizar nuestros recursos con un cierto grado de autonomía en la toma de decisiones.

 Yo personalmente postulo la salida del euro. Lo llevo diciendo desde hace ocho años. Creo que esta puede ser la forma de conseguir que se generen los fondos necesarios para financiar la movilización de los recursos nacionales de forma democrática: respondiendo ante un Banco Central que a su vez responde frente a un parlamento. Esto es lo preferible: un Banco Central que respalde nuestra deuda pública y que tenga que coordinarse con nuestro tesoro, y en el que nosotros, los ciudadanos, el pueblo, podamos decir “oiga, queremos aumentar el gasto público en una serie de actividades, desde la mejora de nuestro sistema sanitario, hasta la construcción de carreteras pasando por la ampliación de nuestras residencias para ancianos”, o decidir si aumentar o reducir los impuestos, pero siempre sometidos a un proceso democrático en el Parlamento.

Esto es lo que hacen las naciones más avanzadas, como Nueva Zelanda, Islandia, Noruega, Australia, Canadá o Estados Unidos: tener un Banco Central coordinado con su Tesoro nacional y que responde ante las autoridades electas democráticamente en el Parlamento Nacional. Lo que nosotros tenemos aquí es a una élite que ha renunciado a la democracia, que ha preferido entregar el poder a una potencia extranjera y que sean unos Bancos Centrales (pseudo)independenientes -ya que ideológicamente no lo son- los que tomen las decisiones de cuándo podemos aumentar o disminuir nuestro gasto público, de cuándo tenemos permiso para aumentar o disminuir nuestra deuda.

Tenemos una especie de obsesión con que sean los holandeses y los alemanes los que financien nuestro aumento de gasto público sanitario. Pues no señor! Lo que tenemos que hacer es convencer al Banco Central de que compre nuestra deuda incondicionalmente y sin limitaciones. Y si existen estas limitaciones y condiciones deberíamos tener la valentía y el coraje de salir de la Unión Monetaria Europea -que de todas formas está mal diseñada y nos va a llevar a crisis permanentes-, restablecer nuestro Banco Central, y desde un proceso democrático, decidir si necesitamos aumentar el gasto público sanitario.

Desde allí tomar esa decisión y movilizar a los miles de enfermos, ATS (Asistente Técnico Sanitario) desempleados y a los miles de médicos que tenemos -algunos se han ido fuera de España porque aquí no encontraban condiciones de empleo dignas- ofreciéndoles un puesto de trabajo bien retribuido y digno dentro de un sistema sanitario público. Eso nos los está impidiendo esta obsesión, esta manía, este complejo de inferioridad que nos hace buscar las soluciones en los alemanes y en los holandeses; y cuando nos niegan esa solidaridad que mendigamos resulta que ellos son malvados y nosotros unos pobres desgraciados. Creo que hay que cambiar el chip y empezar a pensar que nosotros, como nación, tenemos los suficientes recursos como para resolver nuestros problemas.

En España estamos asistiendo a posiciones de distinto signo: en el gobierno se ha insistido en la línea de los roronabonos, quedando en la memoria el artículo de Sánchez en El País, apelando a una suerte de Europaísmo naif. Desde el PP se ha llegado a sugerir una “rebaja en los impuestos”, y dentro del bloque conservador, se ha propuesto una reedición de los pactos de la Moncloa; también se ha hablado de un nuevo Plan Marshall, no sólo desde el gobierno, sino desde otros grupos parlamentarios.

¿Cuáles son tus consideraciones sobre los planteamientos por parte de los distintos actores políticos en España?

De alguna forma, mi opinión sobre los coronabonos la he dado en la respuesta anterior. Se trata de esa obsesión por presentarse ante los mercados con un pack atractivo. Desde mi punto de vista es una derrota, consecuencia de haber renunciado a tu propia soberanía monetaria y a tu Banco Central. Digamos que si tienes que rendir pleitesía a los mercados presentando un pack atractivo estás erosionando la capacidad fiscal que tiene el gobierno. Está demostrado que en aquellos países en los que existe soberanía monetaria son los Bancos Centrales los que dictan las condiciones. En Europa, en la zona euro, el Banco Central ha llevado los tipos de interés del mercado intercambiario y los rendimientos de la deuda pública a 0 o incluso a negativo durante varios años. Cuando tienes un Banco Central que se coordina con el Tesoro los mercados no tienen nada que decir: si quieren comprar la deuda pública bien, si no la compra el Banco Central.

Dentro de la Teoría Monetaria Moderna hay varios economistas que postulan no emitir deuda pública. Como consecuencia de las políticas de gasto público -sobre todo cuando el gasto es deficitario- la inyección de reservas supera el drenaje de reservas vía impuestos, entonces, la función de la deuda pública es sacar ese exceso de reservas y ofrecer un activo financiero a los inversores -bancos e inversores institucionales- que pagan un interés por ello. Puesto que la función que cubre la emisión de deuda pública es absorber los excedentes de reservas que hay en el mercado interbancario, la consecuencia que se derivaría de su no emisión es un  exceso de reservas en el intercambiario.

Desde nuestro punto de vista es una especie de beneficencia para ricos: el que ya tiene pasta compra estos títulos y se le recompensa con más dinero a cambio de nada, de no hacer absolutamente nada, de no entregar absolutamente nada al estado más que una pequeña renuncia a la liquidez inmediata que da tener dinero en vez de títulos de deuda. Pensamos que se trata de otro de los errores que se deriva del pensamiento económico neoclásico, y sospecho que dentro de nuestro gobierno actual, lamentablemente, incluso siendo un gobierno autoconsiderado progresista, domina esa escuela de pensamiento.

Respecto a las distintas propuestas, me inclino a recurrir al Banco Central Europeo, gastar lo que haya que gastar y dejar que la recaudación por impuestos caiga. Este año no trabajaría ninguna subida fiscal para compensar la caída en la recaudación y dejaría que el déficit se ensanchara cuanto fuera necesario para rescatar a la economía y ponerla en la senda del crecimiento otra vez. Evidentemente favorecería una mayor progresividad fiscal. Creo que nuestro sistema fiscal es absolutamente regresivo e ineficiente porque penaliza el factor trabajo, a las rentas del trabajo, y favorece a las rentas del capital. Pero esto no creo que sea una cuestión que se deba resolver como consecuencia de la crisis del Covid-19, sino que debería ser una reforma que estuviera encima de la mesa para realizarse cuando volvamos a la normalidad, que se haga derecho ya o que se debería hacer en algún momento.

Si uno mira la estructura funcional de la recaudación de los impuestos, lo que observa es que prácticamente dos terceras partes de la recaudación proceden o bien de impuestos sobre el trabajo o bien de impuestos sobre el consumo y las actividades económicas de aquellos que son pequeños comerciantes, etc… Mientras que las rentas del capital, creo recordar, apenas representan 1/3 de la recaudación. Es bastante cuestionable que eso refleje el reparto real de las rentas en nuestra economía, además estamos hablando de que las rentas del capital normalmente las devengan un porcentaje muy reducido de la población frente a las rentas del trabajo y otras actividades económicas que las devengan la inmensa mayoría de la población. Estamos hablando de un tratamiento fiscal muy lesivo para la mayoría y muy favorable para la minoría, pero esto no tiene nada que ver con la cuestión de la crisis de la Covid1-19 sino con una cuestión de equidad social: nuestro sistema fiscal lleva años padeciendo una fiscalidad cada vez más regresiva. Me parece que las propuestas de la derecha se podrían ignorar: el hecho de que la actividad económica se vaya a derrumbar va a provocar un colapso de la recaudación.

Sobre otras propuestas que puedan tratarse… Realmente las más importantes ya las hemos discutido: los préstamos del MEDE me parecen inadecuados e insuficientes, las acciones y propuestas de gobierno son insuficientes, ya que se basan en su mayor parte en aplazamientos y desplazamientos de fechas de vencimiento y avales. Tratan de desplazar pagos pero no de perdonar deudas. Deberíamos plantearnos el jubileo de la deuda para mucha gente, sin embargo en esta sociedad no se perdonan, incluso en un contexto de catástrofe. Creo que es por donde habría que ir, a un jubileo de deuda, sobre todo la de las familias más desfavorecidas, y de alguna forma, poner el contador a cero a partir de la crisis. Creo que sería una buena política, muchísimo mejor que las propuestas del gobierno basadas simplemente en confiar en los estabilizadores automáticos, el aumento en el gasto en prestación de desempleo, algún incremento en fondos dedicados a temas sociales pero de escaso importe, y avales, préstamos o garantías que no ayudan a resolver nada.

Llegamos al final. Para acabar quería por dos cuestiones. Por un lado ¿Cuáles son las principales propuestas, tanto en el corto como en el largo plazo, formuladas desde la Teoría Monetaria Moderna? Y por otro ¿A qué transversalidad social y política crees que aspiran estas propuestas?  ¿Cómo consideras que serán recibidas?

 Me parecen dos preguntas muy buenas, muy interesantes. Voy a empezar con la última, la de la transversalidad. Es difícil saberlo. Generalmente una teoría económica no genera mucha atención en el público. Estas cosas pueden preocupar a minorías. También corremos el peligro de que se nos caricaturice, por ejemplo, cuando hablamos de que el gobierno no tiene una restricción presupuestaria sino una restricción en los recursos reales disponibles y que por lo tanto no debe preocuparnos el déficit -que consideramos un residuo de las políticas que conducen al pleno empleo con estabilidad de precios-, ya que el saldo de este es simplemente una magnitud contable de escasa relevancia.

Cuando decimos que lo que hay que hacer es equilibrar la economía y no el saldo de las cuentas públicas, a veces se nos caricaturiza, sobre todo desde la derecha aunque también desde algunos ámbitos neokeynesianos o incluso marxistas, diciendo que queremos darle a la “máquina de imprimir billetes” y que esto va a ser como Venezuela, como la inflación de Zimbaue o como la hiperinflación de la República de Weimar. Es una batalla permanente para nosotros porque, desde luego, postulamos el pleno uso de los recursos, pero evidentemente sin generar tensiones inflacionistas. La imagen de la impresora de billete nos parece un arcaísmo ya que hoy en día el dinero es mayoritariamente digital: más del 90 % del dinero que circula son apuntes contables realizados con un ordenador, con un teclado, y la mayor parte de ese dinero lo crean los bancos comerciales. De hecho, los bancos han sido capaces de generar enormes burbujas inmobiliarias en este país con desgraciadas consecuencias, como cuando estallan, pero que generan muchísima actividad económica cuando están a pleno rendimiento.

Entonces claro, nos hace mucha gracia que se nos impute una intención de darle a la máquina de imprimir billetes, cuando lo que estamos hablando es de movilizar los recursos de la nación, los recursos de la sociedad. Estamos hablando de asegurar y acercarnos al pleno empleo, de crear políticas como el trabajo garantizado y dar mayor protagonismo al estado, que ha sido un agente intencionadamente encadenado con reglas institucionales artificiales y ficticias, basadas en mitos para crear temores acerca de la función del estado, y en beneficio de unos intereses de clase. Esta es mi percepción: la mayor parte de los economistas, consciente o inconscientemente, están difundiendo una doctrina que sirve a unos intereses de clase muy concretos.

¿Esto se puede popularizar? Cuando tenemos la atención del oyente y tenemos tiempo de explicarle las cosas con tranquilidad y con calma, podemos explicarle a la gente que el dinero es simplemente una creación que se hace de forma instantánea con un ordenador: una creación del estado o de la banca -hay dinero bancario y dinero del estado-. Explicamos que se puede crear dinero, que no hay una escasez y que las justificaciones para las políticas de austeridad son falsas en tanto que sus impuestos en realidad no financian nada.

La función de los impuestos es otra: destruir el dinero que ha creado previamente el estado y generar una demanda por este. Los impuestos son necesarios pero no financian nada, cumplen otras funciones: de equidad, reparto, desincentivar actividades indeseables, información sobre el coste de las políticas públicas, crear y generar demanda por la moneda estatal, reducir el poder adquisitivo cuando un problema de exceso del mismo que está generando tensiones inflacionistas. Cuando contamos todas estas cosas (la función del gasto público y del dinero, que el déficit público es el ahorro del sector privado, etc) solemos encontramos con algunas resistencias porque a la gente le cuenta entender.

Estamos cambiando la historia que les han contado toda la vida.  De alguna forma los estamos enfrentando a aparentes paradojas, y sin embargo, cuando tenemos algo de tiempo y nos leen con tranquilidad, empiezan a entenderlo y se dan cuenta de que lo que estamos diciendo sí tiene sentido.

Por otra parte, son cosas que otros economistas en el pasado han dicho. Hemos aprendido de economistas muy brillantes del pasado: el propio Keynes, Karl Marx, que es un gran economista, Kalecky, un gran economista polaco o Abba Lerner, que desarrolló el concepto de la hacienda funcional. Este último se refiera a esa idea de que el déficit se tiene que ajustar en función de que haya una situación de inflación/deflación y desempleo en la economía. Nos basamos en la labor de grandes economistas y todo esto lo hemos reelaborado con algunas innovaciones importantes, sobre todo en relación con el papel del estado como creador y monopolista de la divisa que creo que es una aportación importancia al debate de la teoría monetaria moderna. Cuando todo este legado de economistas brillantes -pero intencionada y desgraciadamente apartados- se recupera, se le da una coherencia y se le cuenta a la gente con calma es entendido.

Incluso diría que la Teoría Monetaria Moderna puede ser entendida tanto desde un punto de vista progresista como conservador. Nos hartamos de decir que la TMM no es un conjunto de prescripciones de política económica: es un prisma, una óptica que nos permite entender el funcionamiento de nuestras instituciones monetarias, la capacidad que tiene el emisor de moneda que disfruta del monopolio de su moneda, su capacidad fiscal; pero también cuáles son sus limitaciones, la importancia de la soberanía monetaria o qué pasa cuando un estado carece de la misma, qué consecuencias tiene toda esa capacidad fiscal. Entender esa capacidad fiscal permite quitarte muchas vendas de los ojos y darte cuenta de que realmente, como comunidad de individuos que comparte un territorio o como sociedad, podemos hacer muchísimas más cosas de las que estamos haciendo en realidad.

Muy probablemente estamos viviendo por debajo de nuestras posibilidades. Seguramente nos estamos negando a nosotros mismos una vida digna porque hemos renunciado a utilizar los medios e instrumentos que nos ofrece el sistema monetario, el sistema fiscal y el agente que nos representa a todos, que es el estado. Hemos renunciado a que el estado trabaje para la mayoría: tenemos un estado que trabaja para las oligarquías y no para el común. Lo que queremos reivindicar es todo ese potencial. De alguna manera reivindicamos que la gente confié más en los recursos de su país, de su nación. No tratamos de darle a esto un sesgo nacionalista sino hacer comprender a la gente de que tenemos la capacidad de resolver nuestros problemas de forma democrática y consensuada. Este es el mensaje que intentamos que cunda, que cale y nos permita cambiar la narrativa.

 Normalmente este cambio de narrativa o de relato es más favorable para los intereses de una política progresista, pero potencialmente un conservador también puede entender la Teoría Monetaria Moderna y utilizarla para desarrollar y aplicar sus políticas. Incluso te diría que he conocido alguna persona de ideología conservadora que entiende la TMM pero que evidentemente no está trabajando en pro de la mayoría sino para otros intereses. Pero desde luego, lo que da la TMM es una óptica que te permite desarrollar políticas progresistas. Diría que la mayoría de los economistas de la TMM tienen una inclinación más bien progresista, ya que en general te permite políticas en pro de la mayoría como el trabajo garantizado, aunque ahí no todos son iguales (hay algunos con mayor visión de clase que otros).

En cuanto a qué propuesta económica haríamos nosotros. Habría dos fases: una para la etapa de la pandemia y del confinamiento, y otra para el escenario posterior. Es evidente que ahora mismo, para una gran parte de los hogares, no es posible salir a trabajar. Muchos incluso han perdido su empleo y no tienen ninguna o tienen escasa posibilidad de encontrarlo en estos momentos. Las soluciones que ha aportado el gobierno son demasiado complejas, demasiado casuísticas, con demasiados trámites de justificación y rendijas por las que se quedan descolgadas demasiada gente. Desde nuestro punto de vista lo que se tendría que haber hecho es lo siguiente: abrir una línea de compra de activos desde el Banco Central o abrir un descubierto en cuenta para el gobierno de España.  Lamentablemente esto está prohibido por el tratado de la UE.

Entonces la solución sería que el gobierno, desde su Tesoro, enviara un cheque incondicional-sin preguntas, sin condiciones, sin papeleos- a cada hogar durante el periodo que dura el confinamiento para cubrir sus necesidades vitales mínimas, y así tener y conservar un mínimo de poder adquisitivo, manteniendo una demanda más o menos estable que no se hunda (sobre todo) a la salida del confinamiento. Este pago se podría incorporar más adelante a las cuotas del IRPF para ir devolviéndolo o bien el año que viene con la declaración del IRPF o bien en cuotas según la situación financiera de cada contribuyente -y en el caso de aquellos que no tuvieran ningún ingreso o que hubieran visto una disminución notable de sus ingresos simplemente no devolverían esa ayuda.

 Esta sería nuestra principal solución a corto plazo. Nos habría evitado toda la complejidad administrativa derivada de las múltiples líneas que ha abierto el gobierno, que por cierto son bastante insatisfactorias para muchos de los potenciales beneficiarios y deja a mucha gente descolgada, como por ejemplo a aquellos que no tenían un contrato de trabajo justo antes del estado de alarma y que no tenían suficientes ingresos, o aquellos que no habían cotizado lo suficiente como para percibir una prestación de desempleo, o autónomos que han cerrado una gran parte de su negocio pero no lo suficiente como para solicitar las ayudas de autónomos, etc..

Dado que va a haber un gran problema de desempleo, para la situación posterior a la pandemia proponemos un plan de trabajo garantizado que significa -nada más y nada menos- que a todo aquel que quiera/pueda trabajar y no encuentra un empleo en el sector privado se le ofrezca un empleo en el sector público. Esto no es ninguna locura. No tiene un coste en absoluto exagerado. Si se hacen las cuentas se ve que es un coste bastante razonable, probablemente menor que el coste del rescate de nuestro sistema financiero en el año 2012.

Además permitiría a estas personas organizar su trabajo adecuadamente, por ejemplo, desde las administraciones locales, Organizaciones No Gubernamentales y otros organismos que podrían colaborar con el estado desarrollando tareas que podrían ir desde la recuperación de entornos naturales y degradados hasta la recuperación del patrimonio artrítico-histórico, pasando por dar actividad a todos los artistas que se han quedado colgados y que no han podido trabajar durante el confinamiento. Podrían ser orientadas a recuperar la normalidad actividades como el entretenimiento a toda esa gente que ha tenido que pasar un largo encierro muy aburrida en su casa y que ahora tiene ganas de fiesta y diversión, la puesta en condiciones de funcionamiento normal de los hospitales, colegios y universidades, etc… Podemos imaginar múltiples situaciones en las que sería útil un plan de trabajo garantizado porque lo que no es finito es el trabajo -el trabajo es infinito-; lo que es finito, lo que es limitado, es el empleo ofrecido por el sector privado.

Una pequeña reflexión aparte es que, a pesar de que una cuarta parte de la población trabajadora estaba fuera de sus puestos de trabajo, durante el confinamiento hemos visto que la vida seguía su curso y que no se hundía nada: seguía llegando la energía a los hogares, llegaban los alimentos a los supermercados y a las tiendas, y aquellos que teníamos algunas rentas hemos podido -más o menos- cubrir las necesidades básicas. Esto nos debería hacer reflexionar acerca de la inutilidad de muchas de las actividades organizadas por la economía capitalista, que no sirven para crear absolutamente nada útil ni necesario para la sociedad. Observamos que lo que es realmente útil y necesario para la sociedad es la producción de alimentos y de energía, o la atención sanitaria y de nuestros mayores. Esto es lo que realmente tiene valor para la sociedad.

Deberíamos empezar a replantearnos a qué dedicamos y cómo distribuimos nuestro tiempo, quizás a trabajar menos horas y tener unas jornadas laborales menos estresantes y más agradables para todos. Toda esta es una reflexión aparte que dejo ahí. Hay un hermoso artículo que escribió Keynes llamado Las posibilidades económicas de nuestros nietos, que por cierto fue un discurso pronunciado en Madrid cuando estuvo de visita aquí en los años treinta -en el 35 o 36 si no recuerdo mal-, en el que argüía que sus nietos (nosotros) podrían trabajar 15 horas a la semana. Yo creo que eso es técnicamente posible pero que organizativamente se ha imposibilitado, entre otras cosas porque no le interesaba al neoliberalismo.

Por otra parte, creo que este país no necesita un Plan Marshall. Este tiene unas connotaciones de subordinación a una potencia extranjera: fue el plan que puso en marcha Estados Unidos para recuperar la economía destruida por la Guerra mundial, y también fue una forma de colocar a los países europeos en la condición de satélites frente al expansionismo de la Unión Soviética. La película Bienvenido Míster Marshall refleja muy claramente cuáles son sus connotaciones: un país que mendiga y otro país que graciosamente concede unos recursos para que puedas desarrollar tu economía. Yo creo que hay que abandonar esos conceptos de Plan Marshall y la idea de que va a venir alguien de fuera a resolverte los problemas, ya que tenemos que ser nosotros como comunidad los que decidamos qué se hace con y como se hace, además de detectar qué recursos tenemos para hacerlo: si nos faltan recursos saber cuáles son y cómo los conseguiremos para ponernos a trabajar en otro modelo de país, con una economía en la que abordemos de una vez el problema del cambio climático (el reto de descarbonizarla).

 Ahí habría una oportunidad gigantesca de hacer un New Deal, un Green New Deal, un nuevo pacto verde en el que no se trata meramente de reducir el nivel de vida de la gente para que consuma menos energía -que también habrá necesidad de reducir el consumo energético y hacerlo más eficiente- sino de crear empleo en actividades que ayuden a descarbonizar nuestras economías haciéndolas más sólidas y robustas ante los shocks que se van a producir cada cierto tiempo. Probablemente vayamos a tener más pandemias, más shocks financieros y más shocks en las cadenas de suministro, por lo que debemos tener una sociedad más robusta que pueda absorberlos. Esto implica tener un estado más sólido y protegido, con un sistema sanitario fuerte, un mejor parque de viviendas -de mayor calidad, con moradas agradables y eficientes desde el punto de vista energético-, y en el que evitamos ser víctimas de catástrofes naturales (como riadas e inundaciones).

Sobre este último aspecto, hay todo un trabajo enorme por hacer en este país de recuperación de rieras, de ríos y de zonas que han sido invadidas por un urbanismo descontrolado que tendríamos que recuperar. Hay tantas cosas por hacer que simplemente movilizando los 3 millones de parados que teníamos en febrero más los dos o tres millones que van a quedar después de esta pandemia, podríamos hacer muchísimas cosas que mejorarían nuestra calidad de vida y que nos daría una satisfacción muy grande. Creo que la gente agradece que se le dé la oportunidad de aportar y contribuir. Estamos en una sociedad. No se trata de dejar a unos en casa sin trabajar, sin producir y sin contribuir cobrando una renta mínima que normalmente va a ser escuálida, sino de tener en cuenta a todo el mundo y tomar decisiones de la forma más comunitaria posible, sin dejar que las decisiones de a quién se emplea, quién trabaja y quién no, qué se hace y qué no queden al albor de cuatro oligarcas capitalistas.

SOBRE EL AUTOR

Nicolás Filgueiras González. Graduado en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad de Santiago de Compostela (USC). Escribe sobre diversos temas, pero se interesa especialmente por el campo de la teoría política.

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