El sangrado original

EL SANGRADO ORIGINAL o la visita de mis menstruaciones pasadas a lo Charles Dickens

Para Serena y Lorena,

para Anna y Martina,

para Letizia

y todos los cuerpos menstruantes y aquellos que los acompañan.

Autoría: Blanca Corral

Asumir el arduo trabajo de desacralizar el mito y el tabú concerniente a la menstruación no es tarea fácil. Sin embargo, muchas voces recientemente visibilizadas nos muestran que la verdad no reside más allá de la superficie de los caracteres que se emplean para escribir la palabra sangre, y que nada escabroso, prohibido y aterrador se esconde tras ella. Me atrevo, pues, a sumar a estos testimonios un breve apéndice del volumen aún inacabado de mi propia vida y de mi propio cuerpo, con la esperanza de que otros cuerpos y voces menstruantes hagan lo mismo.

La menstruación me alcanzó a la edad de catorce años, y me permito utilizar este verbo para describir nuestro primer encuentro porque sentía un verdadero acecho y depredación por su parte. Más que atribuirlo al miedo de alcanzar una madurez indecible frente a la que no me sentía aún debidamente preparada, diría ahora con cierta timidez que más bien la idea de que una sangre desconocida brotara por mi vagina como lo hacía de la de otras muchachas más jóvenes que yo no resultaba ni mucho menos alentadora o reconfortante, sobre todo teniendo en cuenta mi prematuro rechazo por todo aquello que estuviera relacionado con la medicación, la enfermedad, la sangre y la idea de albergar cuerpos exógenos en mi interior -véase agujas, sondas, catéteres, u otros-.

En definitiva, lo que aún no llamaba yo hipocondría llegó a fagocitar el dominio de la menstruación. El relativo alivio por no habernos encontrado a la edad de dieciséis, como sí ocurrió en el caso de mi madre, pasó en segundo plano el día en que me llegó la primera regla, reemplazado por la sorpresa y el asombro al descubrir aquella mancha parda en las bragas mientras, acudiendo al baño para orinar, me perdía en la tele las escenas de batalla de Las crónicas de Narnia. El príncipe Caspian. El asunto se cerró con una tímida palmada de hombro paterna y una enhorabuena acompañada de un beso en la mejilla al habérselo comunicado a mi madre. He de apuntar que conociendo otras reacciones pantomímicas, esperpénticas y extravagantes por parte de otros progenitores, quedo satisfecha.

Pasaron dos años en los que la regla había revolucionado mi cuerpo junto a los cambios hormonales de la adolescencia, debiendo agradecer a los segundos la aparición y a la primera la intensificación de no pocos forúnculos en mi rostro, cuyas facciones abandonaban ya los hoyuelos oriundos de la niñez. Sin contar que ahora en ocasiones me hallaba “indispuesta” ante el plan de ir a la piscina municipal y se me hacían insufribles las carreras matutinas de 40 minutos en el patio del instituto cuando me encontraba en “esos días”, tal y como los denominaba la profesora de educación física, quien ante la indignación de los chicos al menos nos permitía a nosotras reducir el ritmo de la carrera, no sin llevarla a cabo en su totalidad.

Fueron dos años difíciles para el refuerzo de mi autoestima y el desarrollo de las relaciones humanas con los demás “cambiapieles” -me gusta este término para referirme a adolescentes en busca de la propia identidad-.  Tras haber vivido este arco de tiempo en las garras de mi mayor amor platónico hasta la fecha, quien parecía evidentemente más interesando en los encantos de mis amigas que en mi fiel apoyo incondicional, esta vez en “sus peores días”, llegó también para mí la primera experiencia carnal -que no por ello menos espiritual- sellada con el primer beso. El terco interés por aquel amor imposible, correspondido con la indiferencia y relegado a los dominios inciertos de la friendzone, me acercó a aquel otro muchacho que sería el receptor oficial de mi primer morreo. En aquella época pude pensar que más allá de nacer el mismo día del año y de su interés por los libros de fantasía y las conjeturas filosóficas surrealistas, teníamos mucho en común. Hoy, conservándole entre mis mejores amistades, no lo tendría tan claro.

Dejando a un lado los matices y guiños del paso del tiempo, fue así como, a la vuelta de sus vacaciones en París, en un abril de chopos blancos y nevados, nos dimos cita en un lugar apartado y algo protegido por la sombra de aquellos árboles gigantes. Ahora que me esfuerzo en recordar los detalles, creo se ubicaba cerca de la comisaría policial, pero este detalle no casaba con el tono encandiladamente tierno y romántico del momento, y por ello es probable que mi mente, acostumbrada a hacer de la realidad una historia, lo haya desechado. Su modesta altura de 1.94 m obligaba que el acontecimiento ocurriera sentados en el suelo de cemento, y así, presuponiendo lo que la circunstancia parecía sugerir, tras que me hubiera sorprendido regalándome un hermoso broche que figuraba una Alicia de Lewis Carroll, me lancé despropositadamente al encuentro no de sus labios, sino directamente de su lengua. Todo muy osée.

Os digo ahora con seguridad que su sorpresa por mi lance “impetuoso” no pudo mínimamente igualar la mía cuando, tras nuestra despedida, subí al coche que aguardaba pacientemente mi regreso en el aparcamiento frente a la iglesia de la aldea. Y aquí es donde quería llegar. No podéis imaginar la rabia, la vergüenza, la frustración y la sensación de suciedad que me invadió al descubrir, gracias a la desarrollada facultad de observación de mi madre, una mancha oscura en la parte trasera de mi pantalón vaquero. No conseguía asimilar, y mucho menos aceptar, que aquel imprevisto mancillara literalmente aquel acontecimiento sublime e idealizado, eternamente imaginado en todos mis devaneos y fantasías. ¡Me había bajado la regla! ¿Y si él se hubiera percatado? ¿Y si mi sangrado le hubiera asqueado hasta tal punto de no querer volver a verme? ¿Y si pensara que a partir de entonces este episodio se repitiera por mi falta de atención y tendencia al despiste? ¿Qué horror! Era inconcebible, para mí, que mi cuerpo hubiera corrompido aquel mágico momento. Y me fui de allí llorando desconsoladamente sin que mi madre pudiera aplacar mi dramática reacción pese a sus intentos.

Si esto quizá pueda parecer ahora una estúpida fijación adolescente, diré para más inri que no fue el último episodio de vergüenza que acarreó el natural hecho de menstruar, y menos frente a una figura masculina. Recuerdo muy bien la sensación de autoreprobación, de asco y rechazo, de inadecuación, que experimenté al pintar de sangre menstrual la mano de una de mis primeras parejas sexuales durante una tarde de tiernos juegos, de caricias y besos. Fue tan hondo el sentimiento de decepción que le rogué me acompañara con los ojos cerrados hasta el cuarto de baño para que yo, cual María Magdalena, pudiera lavar “mi pecado” con el agua del grifo, aplicando una buena dosis de jabón de pino para eliminar “el olor”.    

Esto es, en resumidas cuentas, aquello que me apetece rescatar de mis pasadas visitas del tío Andrés, que viene una vez al mes, de mis pasados días, de mis pasadas lunas, de mis pasadas flores: vamos, de mis pasadas menstruaciones. Así pues, en relación a uno de los temas más vetados y estigmatizados de nuestra sociedad, y dado que me hallo muy en sintonía con el pensamiento de Kiran Gandhi, quien afirma que el estigma no es más que “la incapacidad de alguien para hablar de su cuerpo de forma clara y cómoda” y que no poder hablar del propio cuerpo es la forma de opresión más eficaz, escribo no para castigarme de la opresión que me infligí, no para condenar mi incapacidad en la aceptación de mi cuerpo y de su funcionamiento biológico, no para desvanecer y empequeñecer aquellas decepciones, actitudes y conductas que ya espero no volver a repetir, sino para dar a luz un sinfín de sentimientos y vivencias de las que tan solo mi sociedad, mi entorno o acervo cultural y el legado histórico que sobrevive a mi época son culpables, -sin olvidar que culpable es también aquel que no hace nada por cambiarlas-, para reconocer también en mí los estragos acarreados por la marginación de un hecho silenciado, sangrante y milenario, para repetirme que no, que mi regla no vino a castigarme, sino a ayudar a comprenderme.

Para terminar, lego estas palabras a toda aquella criatura que pudo encontrarse en mi lugar, con las bragas manchadas cuando “no debían”, que sintió la necesidad de disculparse ante la sombra patriarcal que vive en todxs nosotrxs cada vez que se sangre por la vagina y que pudo ser vilipendiada, oprimida, silenciada por cometer el acto libertario de ser aquello que se es, y de sangrar por donde Madre Naturaleza lo mandó. 

Elisabetta Moricchini: Graduada en Filología Hispánica, con Máster en Estudios Literarios y Teatrales y Educación Secundaria,  reivindica la necesidad de difundir la cultura menstrual y sexual desde el frente educativo y  pedagogías alternativas.

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