Cultura

¡Mírame a mí!

Ayer me volvió a pasar. No lo quería creer, ni ver, ni aceptar. Otra vez no. Después de los años pasados reflexionando no podía ser que todavía me pasara.

Y mira que estaba alegre caminando por el centro de Sevilla, con las ganas de reabrazar una ciudad que antes me pertenecía y a la que pertenecía. Venía con el corazón caliente y la nostalgia en los ojos. No estaba yo para que me entraran esas viles debilidades e inseguridades otra vez.

Paseaba tranquila a los alrededores de la catedral y justo estaba pensando que el aspecto del centro de Sevilla vivía desde hace ya unos años un cambio constante e imparable; la maldita gentrificación. Y ahí estaban las variadas tiendas hipster de recién apertura, floreciendo aquí y allá por la avenida de la Constitución, ocupando locales y edificios que antes eran zapaterías flamencas o bares de toda la vida. Y al parecer, esa transformación constante no tenía plan de parar. El centro de la ciudad me estaba pareciendo una enorme reconstrucción sin fin, estando casi todas las calles diseminadas de redes, hormigoneras y albañiles.

Hasta aquí todo bien, nada raro más allá de mi sorpresa al ver tanto nuevo comercio destruyendo la autenticidad de la ciudad.

Pero fue en ese momento, en el que paseaba tranquila frente a las distintas obras de construcción, que me percaté de unas piernas fuertes y estilizadas, en unos tacones negros y una corta falda morada. Y me volvió a pasar. Justo en ese momento mi atención se centró corriendo en la vista de los albañiles para ver sus babosas reacciones. Y otra vez, después de tantos años, anhelé ser esa chica capaz de levantar miradas con el contoneo de sus caderas. Y otra vez más me di cuenta de reojo que yo pasaba desapercibida tras tanta pierna enmallada y falda corta. Me dolió y no fue por caer en la conciencia de que vivimos en una sociedad machista y violadora. No. Me dolió por no ser yo el objeto de esa admiración sexual y desagradable.

Poco se habla de las que, por no ser canónicas, hemos deseado esa validación masculina. Esos comentarios asquerosos que dictaban quiénes eran válidas y quiénes no lo éramos. Y volví a la sensación de 16 años, dónde el piropo menos hiriente que me dedicaron hombre desconocidos era “gorda”, mientras que a mi amiga les llovían como escupitajos malolientes piropos y ofrecimientos indecentes.

Y volví a compararme y a odiar en parte a mi existencia física. A odiar la genética, a odiar al cánon, a odiarme a mí misma y a odiar la chica de piernas fuertes y falda morada. Pero a los hombres no los odié, sólo deseé que me anhelaran tanto como a esa chica. Y ella, paseando por la ciudad, no era consciente que le seguían como perros falderos varias miradas. Unas llenas de unas excitación vulgar e insultante, y otra de una envidia ácida y juzgona, la mía.

Y me sentí una mierda. Daba igual los años que hubiera estado formándome en el feminismo, de las miles de reflexiones de sororidad que había tenido o el rechazo tan grande que me despertaban las apreciaciones masculinas sin venir a cuento. Todo daba igual en ese momento, porque lo único que querría era sentir que esos ojos babosos se posaran en mi trasero y poder levantar alguna que otra verga desconocida. Lo que quería era sentirme válida bajo el criterio de un puñado de desconocidos del sexo opuesto.

Y me di asco y coraje a mí misma. Me sorprendió muchísimo esa dinámica mental que llevaba años sin sentir. Desde la adolescencia tardía, dónde una de las actividades que más me entretenía en la época en la que no tenía móvil, era observar como las miradas de un gran porcentaje de hombres seguían sin escrúpulos ni disimulos los culos y las tetas de chicas desconocidas con las que se cruzaban por la calle. Eso lo hacía, inconscientemente, porque ansiaba esa validación masculina. Sentía que nunca era suficiente nada de lo que hacía o de lo que me ponía porque todo se resumía a que estaba gorda.

En esos tiempos no le daba mayor importancia a un hecho que consideraba normal dentro de los hombres. Lo tomaba con ligereza. Pero ayer, sabía perfectamente el sistema opresivo que escondían esas miradas aparentemente inocentes, pero terriblemente enfermizas. Podía intuir la incomodidad y la vulnerabilidad que probablemente sentiría aquella chica. Sabía todo eso y aun así actúe como cuando era adolescente, buscando esa constante validación por parte de los hombres y odiando a las demás mujeres por conseguir ese algo tan ansiado simplemente por tener un cuerpo más correcto y válido qué el mío.

SOBRE LA AUTORA

Anna Tizzoni. Graduada en Historia del Arte en la Universidad de Sevilla. Fotógrafa por pasión. Reivindica desde su ámbito académico a la mujer artista, a la inclusión de las artistas dentro del discurso histórico artístico colectivo, la necesidad de aumentar el apoyo y la visibilización del trabajo de mujeres artistas para romper con la reductora y universalista imagen de la mujer musa.

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