Cuando el franquismo se viste de seda

La fabricación de argumentos que legitimen lo no-legítimo no queda libre de sospecha, cuando menos, de pretender utilizar metodologías inventadas, sacadas de una chistera, para defender lo propio, como si el saber fuera manipulable y derivado de posiciones de poder político. La cuestión es que sí lo es.

En la década de los cincuenta, Hannah Arendt[i] les puso nombre a las dictaduras emergidas en Europa pocos años atrás, y las conceptualizó como “totalitarismos”. Se ve que el concepto de Arendt no era suficiente en España, para lo cual Juan Linz[ii] tardó menos de dos décadas en hacer una tipología propia, entendiendo que existía el “totalitarismo” nazi-fascista por una banda y el “autoritarismo” franquista por otra, claramente, según el autor, diferenciados. Esta tipología ha sido también ampliamente aceptada para referirse a otros sistemas no-democráticos coetáneos como el Estado Novo de António de Oliveira Salazar.

Pues bien, la necesidad de crear taxonomías exhaustivas con las que trabajar no es razón suficiente para obviar la condición fascista del régimen franquista, aunque alguno considere que las lógicas clerical y reaccionaria del régimen no son, per se, rasgos definitorios del fascismo, como si esto resultara automáticamente excluyente. Si bien existen características propias de cómo se llevaron a cabo las diferentes dictaduras europeas, en España es la derrota del Eje (Berlín-Roma-Tokio) lo que desplaza a los fascistas españoles (FE de las JONS) en favor de la derecha nacional-católica, lo cual sigue sirviendo de argumento sobre la diferenciación propia del franquismo.

 Con todo, todos ellos se erigen como salvadores ante el “peligro rojo” (enemigo universal), hacen apología de la violencia (como la “dialéctica de puños y pistolas” de Primo de Rivera) y, sobre todo, la nivelación y diferenciación conceptual sociedad-Estado es completamente disipada, en lo que Ziegler[iii] entendió como Estado Total, es decir, la politización de todos los ámbitos de la sociedad misma, descrita por Mussolini con aquella frase: “todo para el Estado, todo en el Estado y nada fuera del Estado”.

Existe, asimismo, poca voluntad en los medios de comunicación españoles y en la opinión pública de utilizar el término “fascismo” para referirse a la dictadura, prefiriendo “caudillismo”, ni tampoco atrevimiento por gran parte de la historiografía derivada. Porque cuando algo toca donde duele, ergo, donde debe, hasta la Academia se vuelve reaccionaria, si es que parte de ella no lo ha sido siempre.

Resulta que las posiciones políticas que se dicen “moderadas” o “centristas” reniegan de su propio pasado ideológico, como si tuvieran que tirar con todo aquello que pudiera ser “electoralmente condenable”, lo cual, junto con el fin de quitar peso histórico a lo ocurrido, se traza una doble línea estratégica político-electoral.

Los valores del republicanismo no nos permiten, en este sentido, dejar de lado todo lo relacionado con los regímenes dictatoriales acaecidos en la primera mitad del siglo XX en Europa, que aún hoy sirven de inspiración para movimientos surgidos a lo largo de todo el continente. El Estado franquista fue, al igual que lo fue el régimen de Salazar, fascista.

[i] Arendt, H. (1987 [1951]). Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Alianza.

[ii] Linz, J. (1964). An Authoritarian Regime: the case of Spain. En E. Allardt y S. Rokkan. Mass politics: Studies in Political Sociology. Nueva York: Free Press.

[iii] Ziegler, H. O. (1932). Authoritarian or total State. Tubinga: Mohr.

 

SOBRE EL AUTOR

Enrique Fernández Vilas es graduado en Ciencia Política y de la Administración por la Universidade de Santiago de Compostela (USC). Actualmente cursa el grado de Antropología Social y Cultural en la Universidad de Granada (UGR) y de Sociología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

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