Entrevista a Daniel Bernabé

La trampa de la diversidad (Akal, 2018), posiblemente es uno de los ensayos más polémicos que se ha publicado en los últimos años. Hemos tenido la oportunidad de conversar en Granada, con motivo del final de su extensa gira de presentación con su autor, Daniel Bernabé (Fuenlabrada, 1980). Es diplomado en Trabajo Social por la Universidad Complutense de Madrid, escritor y periodista. Escribe en La Marea, El Salto, CTXT, Público y Vice, entre otros.

 

bernabe

 

¿Qué te lleva a escribir este libro?

Cuando yo escribo el artículo que da pie a este libro, me llevan a escribirlo dos cuestiones: ver como la ultraderecha está creciendo, y está creciendo sin freno, y hoy la cosa está peor que hace un año y medio. No ha sido un momento casual, no ha sido un momento de efervescencia… la cosa va hacia arriba ¿Por qué crece la extrema derecha? Bueno, por dos razones: el fin del espíritu de la democracia liberal tras la crisis y la pérdida del espacio socialdemócrata. Yo digo que la izquierda ha hecho algo mal, porque siempre que se citan los factores no se menciona a la izquierda, y empiezo a pensar, y recuerdo cuando militaba, cuando era chaval, podía hablar de cuestiones políticas solo en determinados círculos políticos, pero cuando salía, y me juntaba con mis amigos, del contexto nocturno, por ejemplo, no podía utilizar los mismos símbolos ni el mismo lenguaje. Claro, esto en diez años se ha agravado, y tengo la impresión de que buena parte del activismo e incluso de la izquierda organizada, a veces tocan una serie de temas que para el común de la gente no tienen ninguna importancia, y se meten en una serie de polémicas cruentísimas, que tampoco tienen ninguna importancia. Y entonces aparece la extrema derecha, con su mezquindad discursiva, está dando, de alguna forma, una casa, en un momento de inestabilidad vital a ciertas personas. Un momento en el que no sabes que va a pasar, no ya dentro de diez años, si no dentro de dos. El artículo y el libro están pensados con la intención de ponerles freno, por un lado, y por otro con la intención de crear conciencia antineoliberal y antifascista. En el primer sentido, parece que este está perdiendo, porque es incompatible defender del antifascismo sin hablar del capitalismo.

¿Como entiendes el auge de la extrema derecha en este contexto de disputas identitarias? El ejemplo quizás más evidente hace referencia a esa clase media blanca estadounidense que se ha visto progresivamente desposeída desde la crisis de 2007.

Aquí creo que hay que hablar de diferencias lineales. Primero, en lo referente a las políticas de identidad, creo que más que luchar por ocupar el centro del tablero tienen un problema de angustia por la representatividad, es decir: por aparecer constantemente como el centro de una ofensa, y por tanto merecedoras de atención pública. Lo que quiero es una representación de mis problemas, y que estas estén presentes. Esto es un problema porque al final, es una política a corto plazo y que, lejos de atraer a personas a tu causa, lo que hace es disgregarla. La ultraderecha, por contra, aglomera a una serie de personas, en torno a una bandera, en torno a un sentimiento general, habitualmente, un sentimiento nacional reaccionario, construido en contra de alguien. En este país siempre se ha construido contra algo: contra los ilustrados, en contra de los republicanos, en contra de las nacionalidades periféricas, los rojos. No debemos pensar en el votante de Vox como en el típico ultraderechista, que seguro que los hay, pero sería un error. Parece que se están agregando capas nuevas. ¿Quiénes son esas capas? Pues de momento nadie lo sabe con exactitud. Cuando se señala a trabajadores descontentos, hay que ver con exactitud qué porcentaje representan en cada país, y no se puede caer en culpar a los trabajadores de todo esto, como en caso del Brexit.

Se trata de una derecha que está utilizando categorías que ya fueron utilizadas en el 15-M: lo viejo contra lo nuevo, y el discurso contra las élites. El discurso antielitista tiene ese peligro, que te lo pueden arrebatar con facilidad. El discurso en torno a la lucha de clases, no tienes por qué mencionarla, puedes articularlo de otras formas. El poner cuestiones económicas, en torno al conflicto capital – trabajo hace que la ultraderecha no te lo pueda arrebatar. Sin embargo, el discurso antielitista lo han utilizado Trump, contra Washington, Salvini contra Bruselas. Y por cierto, tienen razón. El gran problema de la ultraderecha es que no miente, dice medias verdades. Y eso es peor todavía, porque utiliza hechos más o menos ciertos, pero para los intereses que claramente son el mantenimiento de un orden, de un orden de clase, pero bajo unas coordenadas bastante más duras.

¿Qué consecuencias consideras que tiene, a nivel discursivo, a la hora de la defensa de las minorías, de las diversidades, la existencia de ese mercado de la diversidad al que haces referencia?

El problema es que cuando se compite en ese mercado, necesitas situarte por encima, no solamente del grupo mayoritario, sino de otros grupos, que están en competencia, en el fondo, por reclamar la atención del público. Esto induce a plantear opciones, lo cual viene unido también a las cuestiones económicas. Parece que se nos olvida que la mayoría de nuestros problemas provienen de la esfera del trabajo, incluido el machismo. Es preexistente al capitalismo, por supuesto, pero se ha intrincado muy bien con él, sobre todo en el siglo XIX. Es peligroso desligar ambas cuestiones, porque te encuentras con propuestas con una gran influencia social pero no con tanta capacidad de transformación.

La siguiente pregunta hace referencia a la batalla que tanto el pensamiento neoliberal como la derecha en particular han presentado en la “guerra cultural”. En tu libro, hablas de la reacción conservadora, encabezada por Aznar, durante la primera legislatura de Zapatero. ¿Qué ha implicado en España y cuál ha sido el papel de la izquierda ante esta ofensiva?

Hemos pasado de un contexto político en el cual nuestros problemas y conflictos estaban basados, más o menos, en realidades, a uno donde estamos permanentemente discutiendo de asuntos que carecen, verdaderamente, de importancia, sobre todo en la forma de articularse. Estamos americanizando nuestra política, es decir, estamos permanentemente obsesionados por poder resolver los consensos en torno a un conflicto, pero no resolverlos. Y esto, al final tiene una base real. La izquierda no tiene un plan para cambiar las cuestiones de índole económica. Antes, en principio, casi toda la izquierda tenía un plan, peor o mejor, pero tenía uno: la socialdemocracia, el marxismo-leninismo, el eurocomunismo. Ahora, cuando un partido de izquierdas llega al poder no pasa absolutamente nada. Y a las personas progresistas que ocupan puestos políticos les viene estupendo, porque así no tienen el problema de tener que plantearse que hacer, y a la derecha le viene estupendo porque así nadie habla de lo importante. ¿Crees que a Ana Botín le importa que se cierre o no el centro de Madrid, o que se esté discutiendo durante una semana sobre un humorista?  Le da igual, es más, lo aprovecha, y dice: “yo también soy feminista”. ¿Por qué no lo va a decir, si se trata de una cuestión aparentemente declarativa?

Parece que hemos llegado a un contexto en el cual las elites viven aparentemente tranquilas, y los únicos que le han causado conflicto, y esto es polémico, pero es verdad es el gobierno de Salvini, quien es un ultraderechista abyecto con el que no tengo nada que ver. Pero es que en Italia no existe la izquierda, literalmente: no existe la izquierda. Ayer, con la muerte de Bertolucci, veía unas imágenes del entierro de Berlinguer, hace más de treinta años. Las calles eran un hervidero de banderas rojas, y se veía como la ideología había permeado en todas las capas: gente que salía de trabajar en oficinas, gente mayor del campo, críos de trece o catorce años. Se veía una organización, que la ideología era parte de tu vida, porque de una u otra forma tu articulabas tu vida en torno a unas organizaciones políticas e unas ideas. Esto ha desaparecido y nos hemos convertido en productos que se presentan cada cuatro años, y que tú tienes que comprar, y que en ese interregno en el que no hay elecciones compiten sobre todo por ganarse la atención de los medios, al final es normal que la gente tenga desafección de la política, es que no puede integrarse de ninguna forma en la política. Como se integra entonces: a través de lo declarativo, de las redes sociales, publicando cosas. Al final hay gente haciendo cosas, como los movimientos por la vivienda. Pero son movimientos muy estancos. Por ejemplo, el movimiento mejor organizado en este país, que es el de la vivienda, es solamente el de la vivienda. Y siendo un tema este fundamental, da la impresión de que existe una especialización del activismo. Antes el militante abarcaba todos los campos, era, digamos, un saber universal en ese sentido. Al final si las políticas son declarativas e individual, nuestra capacidad de poder inmiscuirnos en ella no tiene mayor recorrido.

Ante la perspectiva de que nos están preparando para la siguiente crisis económica, y un contexto político de auge de la extrema derecha, de inoperancia de la izquierda en Europa, y ante este contexto de fragmentación y cambio en la estructura de trabajo, ¿cree que existe la posibilidad de configurar un discurso de clase capaz de construir un sujeto político que garantice un cambio frente a la dificultad de crear comunidad? ¿Cuál es la perspectiva de futuro que tienes?

R: Yo creo que cuando en el 2008 estalla la crisis económica, recuerdo a grandes dirigentes europeos hablando de que había que reformar el capitalismo. La crisis consigue bandearse a un nivel técnico por arriba, y a nivel político tiene una serie de consecuencias, como puede ser Syriza en Grecia, o Podemos en España, pero parece que todo vuelve a un orden normal tras este período. Pero esto no es cierto, ya nada vuelve a ser normal. ¿Qué era lo normal, la economía del ladrillazo en España? Evidentemente esto era una anormalidad, no se podía seguir creciendo al ritmo que se estaba creciendo a un gran ritmo de especulación. Ahora los fondos buitres invierten en alquiler, lo cual también tiene sus límites naturales, los cuales solo pueden aumentar en extremo hasta que revienten. Hasta los setenta podríamos decir que hubo un mundo de posguerra, y de los setenta al 2008 ha habido un mundo neoliberal, con cambios progresivos. Pero ahora estamos entrando en una nueva etapa, la cual todavía no sabemos cómo es, pero que cambiará nuestras concepciones políticas y sociales. Esto se está dando con un fuerte autoritarismo, todavía no militarizado, pero sí fascista a muchos niveles. En España estamos retrocediendo en libertades de forma progresiva. Las relaciones económicas cada vez están más fragmentadas, con una pérdida de derechos sociales. Podemos poner el ejemplo de Glovo, donde tú no tienes relación con la empresa, sino que eres una unidad de producción atomizada y te relacionas con el empleador mediante una app móvil. Este modelo no puede aguantar ya que crea grandes discrepancias sociales. Creo que vamos a vivir gran conflictividad social, que no será como el 15-M, de clase media, sino una conflictividad social de clase trabajadora, la cual no tiene que estar conducida por la izquierda o el progresismo, ya que en algunos sitios ya no existe la izquierda. Al final lo que ocurre es que la extrema derecha tiene aquí un campo donde hacerse fuerte, y que le llevará a enfrentarse en algún momento a los liberales políticos. Al final las élites serán las que decidan quién les interesa más en esta pugna. La izquierda debe saber que ahora hay un tercer invitado a la mesa que antes no estaba, y que se le ve más ágil. Aun así, no hay que minusvalorar lo que se ha conseguido, pero por otro lado no hay que pensar que esto es una broma; esto puede ir a peor en todos los sentidos. Yo dudo que si en cinco años nos pudiéramos volver a juntar y hacer esta entrevista las cosas habrán cambiado y estaremos en un contexto mucho más difícil que ahora.

En este horizonte político tan difuso del que hablamos, ¿cuál es la nueva relación entre ciudadano y partido político, como se puede ver entre el militante clásico y el simpatizante, frente a desafíos sociales como ambientes laborales inestables, variabilidad de domicilios o menor afiliación sindical?

Cómo se articula un sujeto político cuando tienes una clase trabajadora que en lo real ha sido escindida, y donde cada vez cuesta más encontrar, en lo vital, una serie de asideros firmes, como era antes la vivienda, la familia… esa es la pregunta del millón. Hasta ahora esa pregunta se ha solventado mediante identidades, es decir, como no sabemos articular eso, vamos a ir a lo que esté. La izquierda lleva haciendo de la necesidad virtud ya muchos años. Es decir, como ya no saben qué hacer, al final buscan lo que hay, y si mañana Ada Colau tiene que ir a celebrar Operación Triunfo, pues lo celebra. De momento, y eso sí que es polémico, el feminismo es un movimiento, yo personalmente lo celebro, pero no está teniendo una influencia lo bastante grande en lo electoral. De momento no ha habido ningún país en el que el feminismo haya cambiado unas elecciones. Y eso hay que tenerlo en cuenta, el por qué al final no se articula en un descontento político mayor, quizás porque se tiende siempre a fraccionar y a dejarlo como si los problemas de las mujeres estuvieran flotando en un universo al margen y no tuviesen que ver con el resto de la sociedad. Cuando tú te olvidas de articular el sujeto de la clase trabajadora lo haces por una cuestión, y es que no tienes una respuesta económica. Si no tienes un cambio social de modelo, no te sirve de nada apelar a ese sujeto político, no te sirve de nada; pero luego cuando llegas al poder, ¿qué haces? Si ya no eres capaz de echar atrás reformas laborales, que es una ley y se puede quitar, ya no hablamos de nacionalizar grandes sectores, es algo que se podría hacer dentro de lo socialdemócrata sin ningún problema. Tenemos que tener en cuenta que la cuestión va por ahí. Por lo tanto, si parece que lo fraccionado no está funcionando del todo, ¿qué es lo que se puede hacer? Yo creo que ir hacia la cuestión de que el trabajo también acaba infiriendo mucho en la vida, y nuestra vida es cada vez más inconsistente: tú no tienes ningún tipo de ayuda a la familia, ninguna capacidad de decir: voy a tener alguna seguridad para formar un hogar (incluso el hecho de querer formar un hogar o una familia parece que se ha vuelto reaccionario) cuando la mayoría de la gente durante la crisis ha tenido algún apoyo familiar. Podemos decir que la familia es una institución burguesa, pero eso sería ir ya a otro nivel en el contexto en el que estamos. Hay que cambiar las seguridades en torno al trabajo, porque no puede ser que aceptemos como normal que las cosas lleguen, pasen, y no podamos hacer nada con ellas. Ahora, por ejemplo, se habla mucho de inteligencia emocional, robotización, y que eso va a destruir empleos, pero es que eso va a ocurrir porque a la clase dirigente le interesa que se destruya. El contexto actual semeja a cuando se introdujeron los telares de vapor y había que meter a los niños a limpiarlo, y era lo normal, y es el progreso, y mira, esto no puede ser así. La tecnología tiene que estar fundamentada en base al beneficio de todos, no al beneficio de unos pocos. El asunto puede ir por ahí, sobre todo encaminada a la acción, que la gente haga cosas que sean capaces de influir en esos criterios, porque si no va a ser complicado.

A modo de conclusión, ¿qué podemos comentar de los usos del lenguaje contemporáneo respecto al pensamiento político contemporáneo?

Yo creo que el lenguaje tiene la capacidad de ser usado como una herramienta, de represión y de cambio de pensamiento, si tienes medios para ello. Tú lanzas una idea, pero la lanzas a través de canales, como son los medios de comunicación y los medios de entretenimiento, donde nos meten mucha ideología. Nosotros en esta mesa podemos inventarnos una nueva palabra, una nueva articulación del lenguaje en torno a algo: pongámosla en práctica, a ver qué uso tiene y qué capacidad tiene. Incluso el lenguaje de género, que a mí me parece en algunos aspectos bueno y necesario, sólo se utiliza en determinados contextos, nadie llega a una mesa y dice, “buenas tardes a todos y a todas”, lo que pasa es que ya lo hemos interiorizado en contextos políticos, sociales, y puede estar bien, pero al final lo interesante es que el lenguaje cambia en base a cómo cambian las condiciones reales de la sociedad. Para acabar: creo que hay que pensar menos como hablamos, y hablar más como pensamos.

SOBRE EL AUTOR

Adrián Moreira Castro es graduado en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidade de Santiago de Compostela (USC). Actualmente cursa un Máster en Nuevos Medios Interactivos y Periodismo Multimedia por la Universidad de Granada (UGR).

Enrique Fernández Vilas es graduado en Ciencia Política y de la Administración por la Universidade de Santiago de Compostela (USC). Actualmente cursa el grado de Antropología Social y Cultural en la Universidad de Granada (UGR) y de Sociología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

Raúl García Amoedo es graduado en Ciencia Política y de la Administración por la Universidade de Santiago de Compostela (USC). Actualmente cursa el grado  de Antropología Social y Cultural en la Universidad de Granada (UGR).

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