Cultura

Retratos de un androide: la ciencia y el surrealismo del siglo XXI

A principios del siglo XX, unos cuantos artistas bien asentados socialmente introdujeron una nueva forma de interpretación mimética del ser humano y la sociedad. La aparición de los cuerpos mecánicos en la vida de los habitantes de las ciudades abrió una puerta a una nueva dimensión de la comprensión humana: el extrañamiento tecnológico. El uso de las formas de expresión artística se jerarquizó en función de si en la intervención artística se utilizaban máquinas y proceso automáticos o no. Además, la fotografía y el cine aportaban un plus de veracidad en la recepción de la pieza; al receptor le costaba más separar ficción de realidad en lo que estaba viendo, por tanto, el shock era mucho mayor. Los retratos fotográficos comenzaron a romper no sólo las líneas de representación estética evidentes, sino que también fracturaron conceptualmente los pilares occidentales de asimilación mimética.

El surrealismo bebió mucho de la teoría psicoanalítica y de lo inabarcable del inconsciente. Un mundo que escapara a las lógicas terrenales y todo pareciera «automático». Precisamente es esa sensación de inalcanzable, de ingobernable lo que confería a esa visión del mundo el halo de misterio e incluso de temar a los no iniciados en el surrealismo. En 2018 es casi imposible sorprendernos, como receptores, a través del canal utilizado; los efectos especiales y las nociones de creación y producción audiovisual que tenemos como consumidores es demasiado formada como para sorprendernos por ver cómo se secciona el ojo de un carnero.

No obstante, hay una disciplina que sobrepasa nuestro entendimiento (o al menos, a la mayoría de nosotros) y nos plantea un escenario de alteridad y extrañamiento: me refiero a la robótica y a la creación de autómatas. La tecnología se ha desarrollado hasta límites más allá de nuestra comprensión como individuos y como sociedad; los robots existen desde hace décadas, y sin embargo aún no han encontrado su lugar en las representaciones estéticas que se nos han ofrecido – y ofrecemos – como sociedad, más que como la alteridad malvada que viene del futuro para atormentarnos.

Para poder superar nuestros complejos (que no acaban de marcharse) y aceptar la implantación de la sociedad tecnológica (que no acaba de llegar, o al menos, de democratizarse) es necesario superar la crisis de identidad natural que nos atraviesa cuando pensamos en la representación no mimética de algo que hemos creado. Por primera vez en la historia, el ser humano ha parido una creación, a otro «ser», mitad ser, mitad herramienta. El dasein heideggeriano cobra vida de forma sur-real.
En el certamen del Premio John Kobal New Work Award del pasado año 2017, Maija Tammi ganó el 3er premio por su retrato a un androide. En el retrato que se nos presenta, aparece una mujer de raza asiática, ajena a la escena y mirando de soslayo a la fotógrafa. De tez, pelo y apariencia sintética, la modelo está ubicada frente a un fondo neutro, aséptico y de colores poco orgánicos.

La manera en que mira al a fotógrafa -y a través de la lente, a nosotros, espectadores humanos- hay una barrera sur-real que nos impide acceder a sus emociones. La fotógrafa finlandesa juega con la percepción de los espectadores, humanos, y pone a prueba nuestra capacidad mimética para identificar a un semejante a través del título de la serie: One of them is a Human. Parecería interesante añadir: Can you guess who?

“[…] Si comenzamos a examinar las leyes generales de la percepción, veremos que esta percepción se convierte en habitual, en algo automático. Así, por ejemplo, todos nuestros hábitos se acaban por alojar en el inconsciente automático […] El propósito del arte es el de impartir la sensación de las cosas como son percibidas y no como son sabidas (o concebidas). La técnica del arte de ‘extrañar’ a los objetos, de hacer difíciles las formas, de incrementar la dificultad y magnitud de la percepción encuentra su razón en que el proceso de percepción no es estético como un fin en sí mismo y debe ser prolongado. El arte es una manera de experimentar la cualidad o esencia artística de un objeto; el objeto no es lo importante.”[I]

El acercamiento entre consciencia, realidad, tecnología y comprensión debe tener unas ligazones muy concretas. En el trabajo de Alejandra Martínez Castro, la autora defiende que:

«Para poder establecer una relación ecuánime entre el ser humano y lo que éste crea/de lo que se sirve, su comprensión debe ser igual a su realidad y su consciencia debe ser igual a la tecnología de la que se sirve […] La realidad y la tecnología tienen que estar ligadas a la consciencia si ésta quiere ser alcanzada en la sociedad tecnológica en la que se vive, y así se llegará a comprenderla. De lo contrario, si no se consigue ser consciente de la realidad tecnológica en la que se vive, no se podrá comprender en el plano consciente nada, y el ser humano puede verse superado.»[II]

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Y es que este «extrañamiento» del que habla Shklovski (ostranénie) está muy presente en la fotografía que nos presenta la artista finlandesa y que transgrede las fronteras de la representación gráfica; ahonda en la crisis identitaria que padecemos, como sociedad, entre lo que nos refleja como entes naturales y lo que nos convierte en la alteridad tecnológica que ni aceptamos ni estamos preparados para comprender.

IMG-20181025-WA0003Fuente: Maija Tammi, One of Them is a Human

Los robots, y las máquinas en general se han concebido – en el plano económico – como agentes de aceleración en la cadena de producción, y socialmente han sufrido ataques de odio «humano» (si es que puede haber de otro tipo) en oleadas tecnófobas, siempre coetáneas a crisis del capitalismo. Más allá de fervores ludditas, lo que Tammi refleja con sus retratos es el miedo humano que se manifiesta a través de la incomprensión de lo que nosotros mismos, como entes individuales y amalgama social producimos. La ciencia nos proporciona dimensiones de realidad que como sociedad ignoramos. No sólo es preciso comprender la capacidad mimética de los androides, de su capacidad sur-real de extrañarnos, sino que, como sociedad, hemos de coger el testigo del extrañamiento, evitar pasiones ludditas devenidas de otras tiranías y comprender realmente el valor de la ciencia, la tecnología (y quizás el surrealismo) y ponerlo al servicio del bien común.

[I]Shklovski, V. (1970). El arte como artificio. Teoría de la literatura de los formalistas rusos, 7.

[II]Martínez, A. (2018). La lengua de Man Ray. Lenguages en el retrato fotográfico [Trabajo de Fin de Grado]. Universidad Francisco de Victoria.

SOBRE EL AUTOR

Carlos Navarro González. Doctorando de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid, con una estancia de investigación en el School of Languages, Cultures and Societies en la University of Leeds. También cuenta con un máster en Cultura Contemporánea, Literatura, Instituciones Artísticas y Comunicación Cultural por la Fundación Ortega y Gasset, así como diversas conferencias, publicaciones y premios.

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